Cataluña, eterno problema

 

Desde la Transición para acá, el Estado español es hoy lo que es debido en buena parte a la activa presencia de Cataluña y de catalanes en todos los órdenes de la vida nacional. Para bien y para mal. Lo apuntaba así hace unos días el profesor e historiador Santos Juliá. Y no le venía a faltar razón.

La Constitución, y más en concreto el galimatías de la organización territorial, se forjaron mirando muy especialmente hacia País Vasco, pero al tiempo hacia Cataluña. En realidad, ésta contó con dos (Miquel Roca y Jordi Solé Tura) y casi con tres (el perfectamente intercambiable Herrero de Miñón) de los siete ponentes constitucionales. Y las grandes controversias estatutarias no se cerraban sin haber contactado previamente con Vitoria y Barcelona. Si en todo ello no se fue más allá, fue porque ambas comunidades no lo demandaron bien en aras del sacrosanto consenso entonces imperante, bien porque no les interesó.

Cataluña tuvo además la ventaja de convertirse durante varias legislaturas en socio privilegiado de los gobiernos centrales, fueran éstos de izquierda o de derecha, en una sorprendente relación bilateral. Y no sólo cuando se encontraron en minoría. Es de recodar que, aun con mayoría absoluta, el terrorífico Aznar, personificación para Artur Mas de todos los males, hizo llegar a Jordi Pujol en 2002 una propuesta formal para la entrada de CiU en el Gobierno central.

Felipe González y el propio y José María Aznar negociaban así directamente con el presidente de la Generalidad. Y éste exigía y lograba con facilidad dineros, competencias, cambios en la estructura de la Administración periférica y hasta ver rodar cabezas de personajes para él incómodos.

Hoy día el sistema de financiación autonómica, con el que tan disconformes se muestran las autoridades catalanas, se hizo, en expresión del momento, “a ritmo de sardana”; esto es, pensando en los intereses de aquella comunidad. Fue un regalo de Rodríguez Zapatero, quien culminaría su indisimulado trato de favor con un estatuto de autonomía cuyos excesos en relación con la Constitución eran evidentes incluso a ojos de profano.

Pues bien, a pesar de todo ello Cataluña sigue siendo factor de distorsión de la vida política española. La vieja cuestión catalana continúa abierta. Ya se sabe que los nacionalismos son insaciables. E irracionales porque se rigen por sentimientos.

Dice allí prácticamente todo el mundo que la comunidad necesita un nuevo encaje que reconozca su identidad y sus peculiaridades. Y más dinero; una mejor financiación autonómica. Después de celebradas las elecciones habrá que hilar muy fino. Habrá –se insiste desde múltiples frentes- que sentarse a negociar. Pero, ¿con quién, cómo y hacia dónde? ¿Negociar con quienes han dado sobradas muestras de que para ellos la lealtad constitucional no existe?

Llegados a donde estamos, mucho me temo que a Mas y a sus sediciosos acompañantes ya no les valga, si es que fuera posible, ni el estatuto de 2006; el de antes de que el Tribunal Constitucional viniera a podarlo sustancialmente. Por mucha voluntad que se ponga, me da la impresión de que el callejón donde el nacionalismo catalán ha vuelto a meter a todo el país no tiene fácil salida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es necesarios estar conectado para escribir un comentario Conectar