Síndrome de Estocolmo y deriva catalana

A estas alturas debo confesar que las ocurrencias y huidas hacia el vacío de Arturo Mas y sus conmilitones ya no me impresionan. Pero si debo confesar que me desazona el fenómeno que ha provocado en la sociedad española este machaqueo, este hartazgo. Me refiero a esa especie de “Síndrome de Estocolmo” o de la “butifarra”. Periodistas, políticos de diversos colores, gentes varias e incluso cierta izquierda parecen haber asumido como propios, tolerado, comprendido o simplemente se resignan ante los “Leit motiv” de la campaña del independentismo catalán, como el famoso derecho a decidir.
Como saben, el citado síndrome se produce cuando debido al roce, una persona secuestrada llega a comprender e identificarse con los propios sujetos que lo tienen cautiva y su causa, si es que la hubiere. En este sentido, la singularidad o la particularidad de Cataluña  están sobradamente reconocidas desde la Constitución de 1978 y goza de más competencias propias que cualquier territorio del más avanzado modelo federal. Pero hay gentes que asumen que no es bastante y hasta cierta culpa o complejo personal por ello.
Es un hecho que en determinados trances históricos, los acomodaticios, los cobardes, los traidores, los renuentes, los que no quieren encararse con las realidades, son los mejores colaboradores de aquellas causas que no son las suyas, cuando no simplemente su inhibición ayuda a la tiranía del signo que sea. Es una constante de la historia: los más terribles inquisidores eran judíos conversos, los cipayos fueron la más terrible fuerza colonial contra su pueblo, y los “charnegos” (en argot nacionalista catalán) reconvertidos al independentismo resultan los más radicales y hostiles a su propio origen.
Es muy conocido un famoso poema atribuido a Beltor Brecht que expresa lo que quiero decir. Fue su verdadero autor el pastor protestante alemán Martin Niemöller, pero en su versión en castellano se le atribuyó al genial dramaturgo alemán.
Ese poema dice:
“Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista/ Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata/ Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista/ Cuando vinieron a buscar a los judíos, no pronuncié palabra, porque yo no era judío/ Cuando finalmente vinieron a buscarme a mí, no había nadie más que pudiera protestar.”
En esta hora, algunos españoles, por cobardía o comodidad, callan o han asumido las pretensiones del independentismo catalán y se pliegan ante sus pretensiones como si ellos mismos fueron sujetos de distintos derechos objetivos de los que reconocen a los vecinos de aquella comunidad. Insisto en que jurídicamente los catalanes son los españoles que residen en el territorio de Cataluña, y en modo alguno ostentan un derecho a decidir el futuro de España como si no nos afectara a todos por igual.

Un ejemplo de Perogrullo
Pongamos un ejemplo: José García Pérez es un murciano que emigró a Cataluña, quien como residente en aquella región va a votar el día 27 en las elecciones autonómicas, que los independentistas quieren convertir en un acto plebiscitario para decidir en suma, en función del resultado, que Cataluña se separe de España. José García no es catalán de cuna ni desciende de los francos carolingios, a quien Junqueras atribuye determinados rasgos genéticos propios de los catalanes puros, de estirpe. En todo caso, el voto de García y de otros muchos como él puede decidir, en las intenciones de Mas, que Cataluña deje de ser parte de España.
José García tiene un hermano, llamado Manuel, que vive en Algeciras. ¿Por qué José que vive en  Premiá de Mar puede decidir con su voto el futuro de España como nación y su hermano Manolo no? Ya sé que esto es una perogrullada. Pero es la absurda realidad ante la que nos encontramos.
Cuando los españoles huidizos de su condición se rinden ante las pretensiones de parte de Cataluña y reconocen a los avecindados civilmente en aquella comunidad un derecho al que ellos renuncian, es cuando realmente la aventura de Mas y los suyos se hace peligrosa, porque ha encontrado en estos entreguistas los mejores aliados para su causa.
Y mientras tanto seguiremos con ese equívoco de referirse a los “catalanes” como si fueran un conjunto étnico, un grupo de aparte de ciudadanos con rasgos comunes específicos, diferentes jurídicamente, sociológicamente coherentes dentro de un único modelo. Y eso no es cierto. Porque lo cierto es que entre los más furibundos antiespañoles hay “charnegos” diversos que odian hasta sus apellidos y el origen de sus padres, y catalanes de estirpe, de apellidos delatores de su origen franco, orgullosos de ser al mismo tiempo españoles como los demás.

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