Otras imágenes crueles

Las duras imágenes del niño muerto en la playa y de miles de familias sirias perseguidas están provocando una ola de solidaridad en los ciudadanos europeos y un cambio de actitud en los gobiernos, con la canciller Merkel convertida en símbolo de la acogida.

Pero los medios de comunicación nos muestran a diario otras imágenes y noticias de seres humanos igualmente crueles que, sin embargo, pasan desapercibidas. Como la fotografía de Zarmina —se puede ver en la página 19 de El Mundo del 2 de septiembre—, una joven afgana de 22 años que está completamente cubierta y de rodillas en el centro de un descampado recibiendo 100 latigazos por haber cometido adulterio.

El castigo lo ejecutó un «casto juez» a la vista del «casto tribunal» y de los «castos hombres» de Ghor, que así se llama la población, que ejercen de fariseos acusadores y contemplan la escena sentados, con cara de satisfacción por el «castigo ejemplar» que está recibiendo esa mujer.

El mismo día todos los periódicos publicaban otra noticia escalofriante: en el norte de la India, dos hermanas de 23 y 15 años de la casta más baja del hinduismo fueron condenadas por un consejo tribal de ancianos —formado solo por hombres— a ser violadas y paseadas desnudas por el pueblo con los rostros pintados de negro ¡por un delito que no cometieron! El castigo se les impuso, pásmense, para pagar la afrenta de su hermano que tuvo un romance con una mujer casada de la casta superior.

Wafa Sultán, psiquiatra siria afincada en Estados Unidos, en una entrevista en la Televisión de Qatar —está en YouTube— hablaba del choque entre el Islam, con el que se muestra muy crítica, y occidente y decía que no es un enfrentamiento entre dos religiones ni entre dos civilizaciones, es un enfrentamiento entre una mentalidad de la Edad Media y otra del siglo XXI, entre el progreso y el atraso, entre la barbarie y lo racional, entre derechos humanos y la violación de esos derechos. Es un enfrentamiento entre aquellos que tratan a las mujeres como animales y aquellos que las tratan como seres humanos.

Sus palabras son aplicables a las dos sentencias aberrantes que comentamos que son la versión más cruel e indigna de unas tradiciones tribales incomprensibles que se ceban siempre con las mujeres pobres e indefensas.

Poco más se puede hacer contra esa barbarie que denunciarla y que, al menos, no nos deje indiferentes a los que tuvimos la fortuna de nacer a este lado del mundo.

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