Sobre el dedo y la luna

Los niños son un arma infalible para remover los sentimientos, tanto en la ficción como en la realidad. Llevamos décadas sabiendo, con absoluta impasibilidad, que mueren cientos de criaturas en las frustradas travesías de las pateras con inmigrantes y refugiados, en las guerras de Irán, Irak, Israel, Palestina, Siria… en los conflictos internos de Egipto, México, Guatemala, Venezuela… Pero rara vez se muestran imágenes tan desoladoras de sus desgracias como la foto de Aylan Kurdi, el niño sirio de tres años ahogado en la playa turca, que ha dado la vuelta a todos los corazones sensibles del mundo.

Hemos tomado como natural el éxodo de esas miles de personas huyendo del horror de la guerra, que asola Siria desde hace cinco años. Sin embargo no habíamos calculado que por su edad miles de niños como Aylan y su hermano Galib no conocen otra paz que la del sueño. Y es que, desgraciadamente, el permanente reestreno de la película de Caín contra Abel no deja de estar nunca en la cartelera de la Humanidad y cuando un fotograma desolador rompe la pantalla parece que sea el primero. Pero no. Las hemerotecas están repletas de testimonios cainitas anónimos.

Después del impacto de Aylan las cámaras se han centrado en los cientos de niños y adolescentes sirios que huyen de la guerra, solos o acompañados, y el mundo se ha enzarzado en una competición de caridad que, cuarenta y ocho horas antes, era una discusión de cuotas y pasado mañana será un problema irresoluto.

En una de esas cámaras ávidas de impacto se coló otro niño de once años, atrapado en la estación húngara de Keleti, de mirada indignada y lucidez de sabio, para decir: «Paren la guerra y entonces no vendremos a Europa». En el barullo de las declaraciones políticas, económicas, cooperativas, estratégicas… la elemental reflexión de ese rapaz, más valiente que asustada, como todas las grandes verdades se ha ahogado en el mismo mar que devolvió a Aylan y a Galib. Nadie se atreve a cortarle el grifo de las armas y la financiación a Bashar Al-Sad, ni a su oposición rebelde, ni al Estado Islámico, ni a Israel, ni a Hezbolá… Esa es otra historia que nada tiene que ver con los sentimientos del corazón porque de ella se alimentan los estómagos agradecidos. Y sabido es que corazón y estómago son dos órganos independientes con cerebros propios.

La foto de Aylan y la frase del niño de once años, como el sabio de la fábula oriental, han señalado certeramente a la luna pero los necios del mundo, como es habitual, han preferido mirar al dedo del interés y razones de la burocracia política.

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