«Naúsea existencial»

El alcalde de Santiago, indignado con las críticas de la oposición, dice sentir náusea existencial. Recuerda al hombre de los existencialistas, un ser “arrojado al mundo”, en su caso al mundo de la política que ahora descubre que es un universo poco acogedor por la presión de los adversarios que cuestionan su forma de gestionar el concello.

Salvadas las distancias, el regidor se parece a Antoine Roquentin, el protagonista de “La náusea” de Jean-Paul Sartre, al que el desengaño vital le aleja de todo lo que le rodea, incluso de la vida del marqués de Rollebon que está escribiendo. La impresión que existe en Compostela –y en otras ciudades con gobiernos homólogos– es que el alcalde y su equipo padecen el mismo mal que el personaje de la ficción de Sartre: se instalaron en Raxoi, pero viven en su nube, alejados de la realidad prosaica de la urbe.
Ese alejamiento es lo que explica que, en lugar de ocuparse de solucionar los problemas de los vecinos, mejorar sus condiciones de vida y representarles con prestancia, vayan generando sorpresas y decepciones. Cómo el ninguneo a fiestas y actos que forman parte del ser de Compostela y, creencias religiosas aparte, merecían representación institucional; o el esperpento de los comedores escolares; o la poca sintonía con el comercio de proximidad, tan necesitado de apoyos; o el escaso interés por conseguir el enlace entre la AP-9 y la autovía de Lavacolla; o el costoso informe que se encarga fuera cuando lo podían hacer técnicos de dentro; o la promesa incumplida de remunicipalización de concesiones… Tampoco hay noticias de iniciativas municipales para atraer empresas que generen empleo y riqueza. ¿Cuál es su modelo de ciudad?
Con todo, el ejemplo señero de su lejanía de la realidad fue aquella decisión de subir la contribución urbana y el impuesto de circulación de vehículos felizmente abortada por  la oposición que les recordó que en democracia, de la que se consideran genuinos representantes, mandan los votos que ellos en solitario no tienen. Por todo esto y por más, seis meses después de su entrada en el concello muchos vecinos perciben que la gestión de quienes prometieron rescatarlos de la vieja política de “la casta” no está a la altura de Compostela.
La angustia vital lleva a Antoine Roquentin al distanciarse de su entorno y a abandonar la profesión de historiador mediocre. ¿Será la náusea existencial la que algún día lleve al alcalde a dejar su oficio?

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