Josefa, otro símbolo

En este país somos muy dados a crear símbolos personificados. Unos permanecen en los anales de la Historia para siempre y otros se desvanecen como cubitos de hielo en el zumo del desayuno. Incluso algunos, marcados por la popularidad de un suceso, han sido fichados por algún partido político para ganar votos y se los ha llevado la corriente del río del oportunismo. Somos, sí, un pueblo muy dado a la simbología y al olvido.

Quizás por ello, y no sin razón, Josefa Hernández, esa valiente mujer llamada «la abuela coraje de Fuerteventura», ha subido estos días a los altares de la mitología mediática. La buena señora levantó su casa en un terreno heredado, una parte del cual está ecológicamente protegido en los límites del Parque Rural de Betancuria. Fue denunciada y condenada a una multa y a seis meses de cárcel por un delito contra la ordenación del territorio. Esto es, contra una legislación administrativa cambiable. No le valió pagar la multa, ni pedir el indulto, ni aducir extrema necesidad para ella, los dos hijos y los tres nietos que a duras penas mantiene. El dedo del arcángel justiciero la llevó al Penal de Lanzarote arropada por abrazos amigos, políticos, cámaras, periodistas…

Dos días entre rejas y tanto el Gobierno como la Audiencia se apresuraron a acallar la voz de Fuenteovejuna. Y ahí es donde debemos buscar el verdadero símbolo de la situación. Porque el de Josefa será tan efímero como el soplo de una noticia. Una «pobre» -así se califica ella- a la que la Justicia aplasta por su indefensión y precariedad frente a una normativa más o menos injusta que, de tratarse de un potentado o frente a cualquier poder especulativo, sería rápidamente cambiada. En ese sentido estamos rodeados de símbolos, de precedentes simbólicos, en nuestras costas, en nuestras ciudades, en parques nacionales, en la Red Natura…

La lista de infracciones, públicas y privadas, que han obligado a cambiar las normativas para legalizarlas no cabe en una enciclopedia de la hipocresía. Y a ella sumaríamos abundantes tomos para recoger todas aquellas sentencias de derribos incumplidas, desaparecidas de los titulares de la prensa y dormidas bajo las sábanas del tiempo.

¿Quiero decir con esto que Josefa hizo bien no cumpliendo la sentencia? Pues sí y me solidarizo con ella no obstante de mi pensamiento ecologista. Y hará bien en no destejar los miserables metros cuadrados que la ordenación del territorio le exige frente a las 16.544 hectáreas protegidas, en las que se han construido carreteras, presas y urbanizado miradores adornados con colosales esculturas para gozo de los turistas. Declaremos a Josefa especie protegida.

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