Cambio de marcha

Una vez más David no ha vencido a Goliat. La dimisión del primer ministro griego, Alexis Tsipras, y la convocatoria de nuevas elecciones generales en Grecia es otro fracaso de una soberanía nacional tradicional frente al nuevo orden internacional establecido tras la caída del muro de Berlín. Podemos hacer cuantos análisis convengan a la actualidad o a la coyuntura política, hablar de estrategias de partidos o de líderes y escribir sobre maniobras electorales o económicas, pero el mecanismo real de este estado de cosas que padecemos no es otro que el imperio impuesto por poderes no emanados de los pueblos. La de Tsipras, aunque subyazcan criterios económicos y de mercado aparentemente objetivos, es un fracaso del poder de la libertad democrática.

Como Zapatero en su día, el primer ministro griego, investido con la aureola de la resistencia y la lucha contra el austericidio, se ha visto obligado a realizar un cambio de marcha contra su voluntad para regocijo de los duros del juego, cabreo de muchos de los suyos y desgracia para quienes depositaron en él la confianza de su voto. La clave ahora no está en el número de escaños que logre Syriza en la convocatoria de septiembre. El quid de la cuestión para ver la luz y calibrar la realidad la encontraremos en el programa que Tsipras presente al electorado y en la comparación con el que hace ocho meses llevó a la palestra. Un nuevo programa que no será fruto del pragmatismo sino de la derrota ideológica sufrida.

Una batalla que no deberemos interpretar como el simple pulso de un pequeño país frente al más poderoso dentro del concierto de la construcción de la nueva Europa. Alemania también es víctima, aunque le corresponda ser la cara mala de la moneda y su caja registradora arroje balances positivos. Consideraremos que Tsipras con su decisión dimisionaria ha sido honesto al no poder cumplir lo prometido, al no haber logrado negociar ventajosamente aún con el respaldo de prácticamente todas las fuerzas del país. Lo correcto es dimitir. Y veremos que el oportunismo electoral que se le achaca es una elemental circunstancia. No solo porque su palabra haya perdido valor sino porque su valor no cotizaba en Bolsa como él ingenuamente creía.
A

seguran las encuestas que, no obstante de la división de Syriza, el primer ministro obtendrá un 30 % de los sufragios y seguirá gobernando solo o en coalición con otros. Sin embargo, el automóvil griego habrá cambiado de marcha y velocidad pero no de carril. Grecia sigue en temporada de saldos, convertida en el trampantojo de aquella soñada Unión Europea equilibrada, solidaria y democrática. Goliat anda suelto.

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