Verano negro

Si le digo que los datos en materia de violencia machista son mejores este año que los anteriores me dirá probablemente que se trata de una broma. Llevamos un verano en el que cada día una mujer sufre la violencia “irracional” de su pareja. Utilizo las comillas porque esta semana me llamó la atención la explicación que daba un hombre después de pegarle un hachazo en la cabeza a su esposa: quiso suicidarse pero luego no lo hizo…

Los maltratadores pocas veces se suicidan y si lo hacen es después de haberle quitado la vida a lo que -en principio- era lo que más querían. Mejor dicho, a lo que consideraban su propiedad.
Estamos ante un verano negro, un ranking macabro. Y sin embargo esto no es nuevo: los estudios e informes que manejan los propios especialistas de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género reconocen que los asesinatos machistas se incrementan en verano. ¿El calor es el culpable?

Las explicaciones de los forenses de violencia machista indican que en las vacaciones las parejas están más tiempo juntas y, por lo tanto, más expuestas al conflicto. En el caso de los matrimonios en proceso de separación ocurriría un fenómeno parecido. Los hombres maltratadores son controladores y en el verano las mujeres, como todo el mundo, disfrutan de más tiempo libre, más ocio y menos rutina, lo que provoca la ira del hombre controlador y posesivo. Parece cabal pensar que el roce frecuente abre las puertas a situaciones de conflicto. Confieso que me resulta difícil aceptar como única explicación del aumento de los crímenes en verano que las parejas pasen más tiempo juntas.

Supongo y espero que haya equipos de sociólogos buscando respuestas a este fenómeno cotidiano que entristece el alma.
Sea como fuere lo cierto es que este reguero incesante de víctimas, aunque esté martillando nuestras conciencias no impide que corramos el riego de acostumbrarnos a él como lo hacemos con la canción del verano. En esa costumbre se asienta la desigualdad entre sexos, el caldo de cultivo para las versiones extremas del sometimiento femenino.
Cabe por tanto buscar nuevas soluciones. Hay quién pide refuerzo en materia penal y la aplicación de la nueva la prisión permanente revisable para los crímenes más brutales. Es un aspecto interesante pero la historia siempre ha demostrado que la represión y el castigo, aunque absolutamente necesarios, no resuelven los problemas estructurales.

Otros piden más recursos económicos; sin embargo los datos de los países más ricos de Europa son los peores en materia de violencia de género, según las conclusiones del estudio realizado por la Agencia de Derechos Fundamentales de la UE. En él podemos comprobar, por ejemplo, que en Dinamarca -símbolo de la paridad y el desarrollo- el 53 % de las mujeres declaran haber sido agredidas física o sexualmente desde los 15 años.

Existe absoluto consenso en que la educación es una de las claves, pero tampoco debemos pensar que esta sea la panacea, ¿Acaso los países como Dinamarca, Suecia o Finlandia no son los campeones en materia educativa?
Cabe pensar, pues, que es necesario abordar el problema con nuevos enfoques, desde distintos ángulos y perspectivas. La víctima es la piedra angular, obviamente, pero quien ejerce la violencia es él.  ¿No habría que trabajar también en ello?

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