Una identidad europea compatible con el Islam, tarea difícil


Cuando el filósofo de origen argelino Sami Naïr, tras treinta años de trabajo y de reflexión sobre los flujos migratorios, publicó ‘La Europa Mestiza’ estaba dibujando el futuro de nuestro continente que otros pensadores quieren ver de modo bien diferente. No es un problema étnico, ni racial, propiamente. Para el profesor Sartori es un problema de integración sociocultural en los valores de Occidente, que tantos años costó consagrar y que tienen como referencias esenciales la cultura grecolatina, la cultura judeocristiana, el Renacimiento, la Revolución francesa y la Ilustración. Y frente a ello, el Islam, parada en el mismo punto donde surgió.
Nada que objetar al mestizaje, si los instalados y los sobrevenidos asumieran, como ocurre en Norteamérica, los valores de la ciudadanía y la sociedad civil. Pero esto no ocurre en Europa. Y nuestro problema es de masa crítica. Cuando un grupo social convive, pero no asume los valores de la sociedad donde se instala, es evidente que en el momento que cambie la masa crítica, es decir, cuando sean más unos que otros, tratarán de imponer sus propios valores y modo de vida. El Islam es una doctrina “Óptimo iure” que afecta a todos los órdenes de la vida. Ese es el riego.
En Lille, en la republicana Francia, una alcaldesa socialista se plegó a las exigencias de la comunidad musulmana e impuso separación de sexos en el uso de las piscinas municipales. Aquí también se exige, no sólo en piscinas, sino en las playas. Al tiempo.
Dice el profesor Naïr -catedrático de Ciencias Políticas de la Universidad de Paris VIII-  que la emigración está cambiando la estructura demográfica de Europa. «Europa se vuelve mestiza, su población cambia de tejido étnico y cultural, aparecen nuevas creencias que le otorgan un nuevo rostro. Se trata de un proceso irreversible».
Argumenta este destacado pensador que integrarse no significa perder la propia identidad –y nadie pretende eso-, pero sí asumir los valores civiles de la sociedad en la que uno quiere vivir, añadimos por nuestra parte. Tiene razón cuando argumenta que “las sociedades europeas necesitan cohesión social: valores comunes que superen las particularidades de cada uno. La mezcla, el nuevo mestizaje de las sociedades europeas debe constituir la base de los derechos humanos». Europa está construida sobre esos valores, ¿acaso pretenden que los cambiemos o adoptemos? ¿Pretenden que aceptemos la existencia de tribunales islámicos, que cambiemos nuestros Códigos Civiles y Penales y hasta las normas de tráfico para que en lugar de casco, los motoristas puedan llevar turbante? ¿Hemos de cambiar los protocolos de los quirófanos cuando se opera una mujer musulmana o cuando acude al tocólogo..? Porque esos son los problemas de integración de todos los días.
Eso de construimos esa identidad común que está bien, pero, ¿a partir de dónde construimos esa identidad común. Hay aspectos absolutamente incompatibles. ¿Por qué países de larga tradición de acogida como Suecia, Dinamarca o la misma Francia, desarrollan ahora políticas restrictivas y limitativas? Porque hay aspectos en los que es absolutamente imposible esa confluencia, insisto.

Una propia experiencia
Hace unas semanas viví una experiencia relacionada con este fenómeno. Me desplacé a una villa del interior de Zamora, famosa por sus productos agrarios. Al llegar al pueblo me llamó la atención que la mayoría de los escolares que jugaban en un parque público tuvieran rasgos magrebíes. Los de aspecto europeo eran menos. Me imaginé que era una excursión, pero me aclararon que eran los niños de la escuela.
Me explicaron otro hecho: la población marroquí crece exponencialmente. Los niños de esta comunidad absorben la mayoría de las becas del comedor escolar y sus familias las ayudas sociales. Sólo las mujeres trabajan regularmente, y los hombres de vez en cuando (y no por falta de trabajo en el campo o los pueblos de los alrededores). Pero hay otro dato revelador: mientras los nuevos matrimonios españoles de origen tienen uno o dos hijos a lo sumo, la comunidad musulmana no tiene control alguno y lo normal es una media de cinco a ocho o más hijos.
Es evidente que a la vuelta de una generación, los pobladores de este pueblo de origen marroquí serán españoles de pleno derecho, pero superarán holgadamente al resto.
Es decir, que esa mayoría podrá reflejarse en la composición del Ayuntamiento, y democráticamente podrán tomar decisiones acomodadas a su cultura, a no ser que hayan asumido –sin perder su identidad privada- de manera pública el sistema de valores de la sociedad civil, o esos principios generales de los Derechos Humanos a los que se refiere Näir y que por mucho que se diga no están plenamente asumidos por el Islam.

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