La tropa de Rajoy

Siendo primer ministro del rey Alfonso XIII, el Conde de Romanones fue propuesto para la Real Academia, que ya tenía por norma votar y no designar a los nuevos miembros. En las consultas previas todos los académicos le aseguraron su apoyo pero llegado el día de las votaciones no tuvo ningún voto. La reacción airada de Romanones dio pie a una frase ya histórica: ¡Joder, qué tropa!
Años antes de ser presidente, Mariano Rajoy, en un alarde campechano, sacó a relucir la misma expresión refiriéndose a sus propios compañeros de partido, enzarzados en su particular guerra por el feudo de Madrid que mantenían Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz Gallardón.

Parece evidente que Rajoy usó la frase a destiempo, en un asunto menor. Hubiera sido más lógico pronunciarla esta semana -y especialmente este viernes- al conocerse y confirmarse las andanzas del ministro del Interior, su amigo Jorge Fernández Díaz. Entre otras muchas cosas, resulta insólito que el ministro del Interior de un país democrático diga que lo que le pase a un imputado -en este caso el imputado Rato- no le incumbe cuando resulta que dirige las fuerzas que deben investigar y perseguir las conductas delictivas en este país.

La oposición ya ha exigido la dimisión de Fernández Díaz por recibir a Rato en el despacho del ministro del Interior pero el presidente del Gobierno decidió salvarle la cara a su amigo Jorge, temiendo quizá que si lo deja caer a unos meses de las generales el remedio pueda ser peor que la enfermedad. El daño ya está hecho y a Mariano Rajoy le crecen los enanos. Más allá de que el caso sea ciertamente impresentable, lo peor es lo que refleja: un Gobierno que confunde gobernar para todos con arreglarle la vida a sus amigos. Y ahí está precisamente el gran error de Rajoy, al consentirlo, ya que tampoco es justo implicar a todo un gobierno en las graves fechorías de uno de sus miembros. No es menos cierto que en el Gobierno hay algunas personas dignas. El problema de Fernández Díaz ya es de Mariano Rajoy, que es quien va a ir a pedir los votos de los ciudadanos españoles dentro de muy poco. No vaya a ser que la noche electoral le pregunte a su ministro del Interior cuantos votos ha tenido y que esta vez sí, aunque sea a destiempo, suelte la histórica frase: ¡Joder, qué tropa!

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