La siesta reparadora

Dice el profesor ángel c­arracedo que en su estancia en Suecia le impresionó mucho el silencio de la gente, silencio en el aeropuerto, en los autobuses, en las terrazas…, que contrasta con el barullo que todo lo envuelve en Galicia y en España, un país en el que, afirma Giles Tremlett, «el ruido está siempre presente, forma parte del ambiente, como el aire o la luz del día».

Para el corresponsal de The Guardian el ruido español es divertido. Pero también es molesto, recuerden cuando las fiestas estudiantiles en los pisos impedían el descanso nocturno de muchas personas que al día siguiente tenían que trabajar.

Ese ruido molesto y perjudicial llevó al alcalde de Ador, ayuntamiento valenciano de 1.400 habitantes, a dictar un bando en el que recomienda y reclama silencio durante la hora de la siesta, costumbre que don Camilo José Cela aconsejó, con su sarcasmo habitual, hacer con «pijama, Padrenuestro y orinal».

El regidor de Ador no entra en esos detalles, solo sostiene que ese sueño reparador después de comer es el que necesita la gente del pueblo para descansar en las horas de más calor de las duras faenas agrícolas. Ahora, de dos a cinco de la tarde la siesta es cosa seria en Ador, que parece un pueblo fantasma en el que solo los ronquidos rompen el silencio. Joan Faus, el regidor que tiene aspecto de bonachón, consiguió dos objetivos. El primero, situar al pueblo en el mapa gracias a su bando amable que atrajo a medios de comunicación de media Europa interesándose por iniciativa tan singular. Es una forma inteligente de utilizar las armas de que dispone para la promoción del ayuntamiento.

Pero lo más importante es que se ocupa de velar por el bienestar de sus ciudadanos que en el estío, cuando sobre las tierras valencianas cae un sol de justicia, necesitan protegerse de los rigores del termómetro, descansar o retozar, según sus preferencias y necesidades y, en todo caso, recuperar fuerzas.

He ahí un alcalde que gobierna para la gente. No es por comparar, pero otros se ocupan de enchufar a familiares, retirar banderas o retratos, enviar bustos reales al desván, cambiar nombres de calles o rexeitar fiestas y costumbres arraigadas en sus pueblos.

A mí me parece que el bando de Ador es una noticia buena y relajante, con fuerza para distender el ambiente en medio de la actualidad política y económica, que no cesa, y de la crónica negra de tanta violencia familiar que nos conmueve este verano.

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