El FMI dice obviedades pero dice la verdad

Es tan elemental lo que dice el Fondo Monetario Internacional (FMI) sobre la economía española que llama la atención que llame la atención. Todo es obvio y en esta sección de Cuenta de resultados de La Región lo hemos comentado más de una vez y de dos: España no ha cambiado su modelo económico, sólo lo ha abaratado, pero sin mejorar la productividad. El FMI tendría que mirar para otro lado para no ver que la productividad es baja en la economía española, del mismo modo que salta a la vista que su endeudamiento es alto y que su tasa de paro está fuera de lugar en un país occidental. Parece que sólo el Gobierno no quiere verlo, reconocerlo y corregirlo.

En realidad, el Gobierno lo sabe mejor que nadie pero al partido que lo sustenta, el PP, no le interesa admitirlo porque tiene que dar la cara en las elecciones generales y prefiere vender la idea de una remontada económica, cuyo amparo está más en factores externos (caída del precio del petróleo, bajada de tipos de interés, etc.) que en fortalezas internas. El patrón de crecimiento sigue siendo el mismo: turismo y ladrillo. Como el turismo va bien, la construcción repunta y los salarios son más bajos, la economía mejora de manera transitoria, pero no definitiva, a costa de la desigualdad social y el empleo precario. En el fondo, el país no está mejor, sino peor, pero logra aparentar una cierta mejoría, que en algunos aspectos también hay que saber valorar.

La proyección del FMI para la economía española es de sentido común: las debilidades estructurales volverán a aflorar. El gran problema de España -y de los españoles- es que no saben a qué dedicarse para elevar su productividad. El país precisa una reorientación estratégica de su industria, camino de la industria 4.0, lejos, por tanto, del turismo y de la construcción, que en buena lógica deberían bajar su contribución al PIB. Lo relevante no es si España crece unas décimas más o menos, sino si es capaz de cambiar su modelo de producción y de racionalizar su sector público, de modo que sea más eficiente, empezando por dotarse de un buen sistema educativo, fundamental para el cambio económico que el país precisa.

Lo mismo que dice el FMI lo sostienen muchos economistas y comentaristas económicos. No se trata de argumentarios de izquierdas o de derechas: se trata de ver la realidad y de querer cambiarla. Cuando el país sea más rico, porque es más productivo, será cuando tenga sentido el debate más ideológico para ver cómo se reparten las rentas. Pero la prioridad ahora es cambiar el modelo económico, lo que exige un amplio consenso con empresarios y sindicados; no menor desde luego del alcanzado en EE UU o del que en estos momentos se negocia en Alemania entre el Gobierno, los industriales y los sindicatos para sacar adelante su ambicioso plan de industria 4.0.

Si España sigue mirando exclusivamente al turismo y al ladrillo, que es lo fácil, ni siquiera tiene garantizado volver a su situación de los años anteriores a la crisis. Porque el mundo, mientras tanto, ha cambiado y ahora hay nuevos competidores industriales, mejor preparados, más productivos.

El partido del Gobierno está agotado, ya no tiene margen para hacer nada importante en los meses que le quedan de mayoría absoluta, y lo que pretende es salir de las elecciones lo mejor posible. De la Oposición, que no tiene ataduras, sí que habría que esperar un discurso más elevado. Con alternativas.

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