Palabras encadenadas

Hablando de la reunión del ministro, Mariano Rajoy dijo que se trató de “un acto obsceno”, que debe ser considerado como muestra de la “degeneración democrática” que padecemos. Afirmó esto con la obviedad contundente que le caracteriza para, de inmediato, poner de manifiesto que esa reunión “liquida cualquier apariencia de imparcialidad” del ministro en el caso que nos ocupa. Antes de que nadie le formulara una nueva pregunta, Mariano se apresuró a remachar su criterio asegurando que “la estampa no es presentable” porque hay que “cuidar no sólo la imparcialidad” sino “la apariencia de imparcialidad” y exigió “una dimisión necesaria y obligada” del ministro.

Estas declaraciones no salieron de la boca del presidente del Gobierno en su actual retiro veraniego de Galicia. Mariano Rajoy las pronunció en febrero de 2009 cuando, en aquella famosa cacería en un coto de Jaén, el ministro socialista de Justicia, Mariano Fernández Bermejo, mantuvo un amigable encuentro con el colega y juez, Baltasar Garzón, a la sazón instructor del caso Gürtel. Naturalmente, como jefe de la oposición se mostró muy digno e indignado a la hora de encadenar las palabras y frases reproducidas, además de otras que no hacen al caso. Fernández Bermejo dimitió semanas después y a Rajoy le pareció “una buena noticia” porque aquella fue “una reunión muy poco presentable desde el punto de vista democrático”. Habían hablado de temas cinegéticos y, naturalmente, la caza y la Gürtel podían guardar para el PP algún paralelismo.

Sobre la reunión del ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, y Rodrigo Rato, encausado por cinco delitos fiscales, blanqueo de capitales y alzamiento de bienes, Rajoy ha guardado silencio. Para suplirlo, el PP ha tratado de transmitir la estampa de una “reunión de amigos” en la sede del ministerio, donde hablaron de temas “exclusivamente personales”, sin tener en cuenta la necesaria apariencia de imparcialidad. Sin embargo Rajoy y su ministro viven irremediablemente encadenados a las palabras del primero y presos de la desmemoria habitual de la vida política española.

De nada y para nada vale esta anecdótica exhumación que acabo de hacer. El pasado es un pretérito imperfecto, que se suple con un presente de indicativo podrido y alimenta con hipocresía un futuro indefinido donde seguir practicando inmoralidades políticas, avalados por la inmunidad. Cuanto Fernández Díaz, que llegó a los cargos públicos con 29 años y no se irá hasta la jubilación, diga este viernes en el Congreso no limpiará la “obscenidad” ética de una evidente reunión de colegas, que aparenta “la degeneración democrática”, que sufren los sectores más añejos del partido conservador. Este Fernández II no dimitirá.

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