El alcalde de Santiago no encajaría en Roma

El fuera embajador de España ante la Santa Sede, Carlos Abella, me contó la curiosa controversia que mantuvo con el alcalde comunista de Roma, a propósito de la presencia de la corporación municipal de la Ciudad Eterna cada 8 de diciembre, ante la Embajada de España en la plaza del mismo nombre, donde se halla una columna, coronada por la Inmaculada.
Ese día, cada año, a primera horade la mañana, aparecen los bomberos de Roma, cuelgan con su larga escalinata y colocan una guirnalda de flores blancas al brazo de la imagen a la que saludan militarmente. El problema de la representación oficial de España era que el alcalde comunista y sus concejales ocupaban todo el frente de la embajada, y apenas dejaban un hueco para los embajadores y demás representantes.

En una ocasión, aprovechando la presencia de una representación española en el Eurocuerpo, cuando llegó el alcalde, el frente de la Embajada lo ocupaba una compañía de Infantería española, desplazada por el Ejército Italiano. El alcalde de Roma se amoldó al espacio que le dejaron, no sin antes comentar con humor que los españoles parecían dispuestos al nuevo “Saco de Roma”.

Recordaba yo esta anécdota, que denota que los comunistas italianos tienen claro que ciertos usos socioculturales, pese a su carácter religioso de origen, pertenecen al acervo cultural y personal de miles de ciudadanos, a quienes también representan y a quienes no pueden imponer sus propios prejuicios ideológicos, sino aceptar de modo natural, al margen de sus convicciones, que ciertos hábitos sociales deben ser respetados.

El primero de enero de 1977, El alcalde procomunista de Roma, Julio Carlos Argan, asistió a la misa oficiada por el Papa Pablo VI en la iglesia de María de los Apóstoles, ubicada en un barrio obrero, en el sur de Roma. Argan concurrió oficialmente a una ceremonia religiosa acompañado de los concejales, todos ellos comunistas, socialistas, socialdemocráticos y republicanos, es decir, integrantes de los sectores más tradicionalmente agnósticos del país. Y no pasó nada. Esa buena relación se ha mantenido y cuidado, al margen de los colores del alcalde.

Yo no entiendo qué  necesidad tiene el alcalde de Santiago Martiño Noriega de seguir irritando a una buena parte del vecindario y señalarse de modo tan poco rentable, como acaba de anunciar. Como saben la Plaza del Obradoiro de Santiago de Compostela no mostrará este año el tradicional Belén navideño. Una treintena de árboles del vivero municipal conformarán, a los pies de la principal fachada de la Catedral, un «bosque mágico» con el que la ciudad del Apóstol animará las fechas festivas. Eso está bien, pero ¿Por qué prescindir de lo otro que es tradición que agrada a la vente, en tan simbólico lugar? ¿Tampoco habrá cabalgata de Reyes?
También ha anunciado ha anunciado que no asistirá tampoco al acto de apertura de la Puerta Santa de la Catedral que marca el inicio del Año Santo extraordinario promulgado por el papa Francisco. Ni siquiera, el alcalde de una ciudad cuya proyección viene determinada por su carácter de “otra Roma” tiene la cortesía de acudir, aunque sea con la gorra puesta y simbólicamente, a un hecho que nuevamente proyectará su por todo el mundo y atraerá, por este hecho, a miles de visitantes y peregrinos.
Desde que accedió a la alcaldía el pasado 24-M, Noriega se ha ausentado de los principales actos religiosos de la ciudad. No acudió a la tradicional Ofrenda al Apóstol del 25 de julio, Día del Apóstol Santiago, y sigue convencido que trasladar sus personales ideas al ámbito institucional es lo correcto. Pero se equivoca. Realmente, no valdría para alcalde de Roma.

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