¡Nucleares no!

Efedtivamente, el Ministerio de Industria, Energía y Turismo también nos ha trasladado al pasado de un plumazo. Nuestros hijos y nietos, como hicimos nosotros en los años setenta y ochenta del pasado siglo, tienen ahora el deber de salir a la calle para gritar aquella consigna que parecía olvidada en el túnel del tiempo: ¡Nucleares no!

Y, además, tendrán que hacerlo con la misma amenaza de una «ley contra el desorden público», que a nosotros nos llevó a los tribunales franquistas del ramo. Nucleares y «ley mordaza» se dan la mano estos días de nostalgias totalitarias. Me levanto, miro por la ventana, escucho la radio, veo la tele, leo los periódicos y navego por internet con el temor de escuchar en cualquier momento el estridente timbre de un viejo teléfono, o de leer un añejo teletipo anunciándome que todo este tiempo de progreso ha sido un sueño y que tanto avance tecnológico, tantas esperanzas de vivir en una sociedad más justa y segura ha sido pura falsedad.

Una falsedad explicitada por la amenaza puesta sobre la mesa por José Manuel Soria, ministro opositor a consejero de administración de una hidroeléctrica -o como se llamen ahora las fábricas de la especulación energética-. Me pareció estar escuchando a Grigori Rasputín cuando, enfundado en la seriedad del poder, aseguró que si no se construye el cementerio nuclear de Villar de Cañas en Castilla-La Mancha, el recibo de la luz deberá subir entre un 25 y un 30%. Ya tenemos la tríade perfecta: nucleares, ley mordaza y terror económico.

La existencia o no de ese cementerio radiactivo, ahora denominado Almacén Temporal Centralizado (ATC), y el funcionamiento o no de las centrales nucleares, no determinan por sí mismas el precio de la electricidad. Con el recibo de la luz pagamos aproximadamente un 27% de costes de producción y el margen empresarial; casi un 22% de impuestos; y más del 51% de «costes regulados», esto es, distribución y transporte, anualidades del déficit energético e incentivos para las energías renovables (condenadas al ostracismo por el Gobierno de Rajoy y ejecutadas en el paredón de los decretos por el ministro Soria), entre otros cargos ajenos a nuestro consumo real, que reducidos podrían aliviar el gasto de los hogares.

Soria miente y, con la urgencia de su ministerio para llevar adelante el proyecto, imaginamos que trata de esconder los posibles datos falsos utilizados en su elaboración y quizás inconfesables intereses económicos que nada o poco tienen que ver con el temido recibo de la luz.

En alguna caja de mi desván he de guardar aún aquellas pegatinas amarillas con el eslogan ¡NUCLEARES NO! Toca sacarlas de nuevo.

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