¿Un país a medio hacer?

La retirada del busto del ex jefe del Estado, Juan Carlos I, del salón de plenos del Ayuntamiento de Barcelona o de cualquier otra institución española no es en absoluto ilegal, ya que su carácter simbólico no existe, al no representar la jefatura del Estado. Según el profesor Fernando Ramos, especialista en estos asuntos, la efigie de Juan Carlos I tiene ahora un carácter histórico y, si se quiere, puede ser un recuerdo o un adorno. De hecho, la figura del rey emérito, sin funciones, no figura en la Constitución española. Pero si la ley obliga a que haya una efigie del jefe del Estado en un salón de plenos debe haberla, cosa que no solo no sucede en Barcelona, sino en muchas otras poblaciones de España, cuyos mandatarios todavía no incorporaron la efigie de Felipe VI, a pesar de que lleva más de un año en el cargo. Como ironiza el veterano republicano Carlos Etcheverría no vaya a ser que la alcaldesa Ada Colau esté contribuyendo a resolver la extravagante y anacrónica bicefalia de la jefatura del Estado.

Realmente, la retirada del busto de Juan Carlos I del salón de plenos de Barcelona no da para un debate de fondo, sino más bien para una polémica veraniega -al estilo de las viejas serpientes de verano-, muy de segundo nivel. Y, a lo sumo, puede dar para analizar las formas utilizadas, para muchos inadecuadas, en un país a medio hacer.

Lo sustancial en torno a la monarquía sería darle cauce al derecho a decidir entre todos los españoles la forma del Estado y de su jefatura. Mientras tanto, hay una legalidad que debe cumplirse y respetarse, y nada va a cambiar por organizar en las instituciones públicas representaciones meramente teatrales. Si se quiere que España sea algún día una república federal, el camino no es precisamente lo que estamos viendo en algunas instituciones.

El infantilismo que rodea las actuaciones de ciertos gobiernos de izquierdas y el carácter reaccionario de quienes les plantan cara de malas maneras están lejos de ayudar a construir un Estado instalado en la centralidad, tan característica de los grandes países democráticos, donde saben qué son y a dónde van. Por supuesto, con sus instituciones democráticas, sus banderas, sus himnos y sus jefes de Estado y de Gobierno. Como debe ser.

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