¿Por qué no se habla de crear riqueza?

Cuanto menos desarrollado es un país más riesgos hay de que no haya debate en profundidad sobre los asuntos importantes, ya que el poder suele imponer su discurso con todos sus medios a su alcance, que no sólo suelen ser muchos, sino los únicos que hay. Puede darse también el caso de que el Gobierno de turno retroalimente su posición dando cancha –la justa- a voces radicales que, por falta de rigor, terminan por no generar confianza o bien a otro tipo de mensajeros que surcan las aguas de una frivolidad que no incomoda al poder. Por esa misma razón, en los países más desarrollados hay medios de comunicación de tendencias bien asentadas, pero no partidarios; intelectuales de peso, verdaderamente independientes; científicos con criterio, y fundaciones y asociaciones con medios para garantizar una investigación social independiente. Los países más desarrollados suelen coincidir con los más democráticos y, a la vez, son los más industrializados y los que más invierten en I+D+i.

¿Quiere eso decir que los gobiernos de esos países son unas hermanitas de la caridad que tiran piedras sobre su propio tejado y alfombran el camino a sus adversarios y opositores y a la sociedad civil? Para nada.

Si algo tienen los países desarrollados es que producen cosas, generalmente caras para terceros países a los que exportan sus bienes y servicios, lo cual les permite remunerar bien a sus trabajadores. Y a partir de su economía productiva, generadora de riqueza, construyen con elevados impuestos un Estado del bienestar, mucho más grande que el de los países menos desarrollados, de modo que prácticamente nadie queda fuera del sistema. Por añadidura, los países más avanzados tienen menos economía sumergida, mejor educación y buena sanidad.

¿Es España un país puntero entre los desarrollados? Cada vez lo es menos. Si repasamos el discurso político de los partidos, vemos que el del Gobierno se ha instalado en la autocomplacencia, convencido de una especie de milagro económico que en realidad tiene los pies de barro. Y si reparamos en los discursos de la Oposición podríamos pensar que los únicos problemas de España son el paro, la pobreza, la desigualdad, la corrupción, la economía sumergida, la prostitución, el narcotráfico y un largo etcétera. Rara vez encontraremos en los discursos de unos y de otros una apelación profunda a la imperiosa necesidad de dotar España de un modelo de economía productiva, ligado a un gran pacto social que incluya empresarios y sindicatos.

Por momentos da la impresión de que en España se puede repartir la riqueza sin generarla o de que ya es suficiente la poca que hay, y que el problema reside en que está mal repartida. Digámoslo claro: España no produce con suficiente valor añadido ni se plantea hacerlo, tiene un Estado pequeño pero inmensamente ineficiente que tampoco nadie quiere transformar de verdad y los problemas económicos y financieros se le van a acumular, gobierne la izquierda o la derecha.

Veamos algunos botones de muestra. ¿Se ha aprovechado la crisis para crear un Estado eficiente sin rémoras del pasado? No. Aquí sigue habiendo los mismos niveles político-administrativos y, en el mejor de los casos, se han eliminado cuatro chiringuitos. ¿Se ha recortado el gasto con criterio? No. Aquí se ha recortado a granel, sin distinguir demasiado entre gasto productivo e improductivo. ¿Se han sentado las bases de una política de industrialización? No. España sigue dependiendo del turismo y de los servicios, pero su industria no despunta prácticamente en nada ni se ha extendido a lo largo y ancho de su territorio, manteniéndose a salvo las islas de Cataluña y Euskadi.

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