Cuando se intentó inventar un héroe nacional para Galicia

Hace unos años, un determinado sector del nacionalismo gallego (el mismo que en sus estatutos tenía la figura de “militantes en observación”,  una especie de UVI para verificar si se seguía la ortodoxia del partido), digo que este sector se propuso dotar a Galicia de un héroe nacional que significara la resistencia patriótica frente a la asimilación castellana. Tenía que tener un rasgo militar, guerrera, épica. No valía por tanto Castelao ni tampoco Breogán.

Y se les ocurrió que ese personaje podría ser el mariscal Pedro Pardo de Cela, al que los Reyes Católico hicieron cortar la cabeza ante la catedral de Mondoñedo. Se trataba de elevar a este personaje a la categoría de nuestro particular Casanova catalán, aunque ése murió en la cama. Pardo de Cela, entre otras cosas, por resistirse al poder real. El persona no tuvo el relieve que posteriormente le atribuyó la fantasía y la literatura.

La biblia para esta propuesta era la crónica del Padre Zurita titulada “Roma y castración del Reino de Galicia”, que nadie había leído ni consultado, pero que a los patriotas nacional-populares les sonaba bien y venía de perilla. Daba igual que la cosa no fuera por ahí, ya que a quien es metieron en cintura los Reyes Católicos no fue a los pobres vasallos sino a los señores feudales que tanto los maltrataban.

Cuando esta crónica cayó en las manos de alguno al que se le ocurrió consultarla, se acabó el intento de dotarnos de un héroe liberador. Se dieron cuenta de que los verdaderos liberadores habían sido, en ese sentido, los propios Reyes.

Reproduzco la cita más expresiva del relato de Zurita: Galicia se redujo a las leyes de la justicia, a donde el rey puso audiencias. En aquel tiempo se comenzó a domar aquella tierra de Galicia, porque no sólo los señores y caballeros della pero todas las gentes de aquella nación eran unos contra otros muy arriscados y guerreros, y viendo lo que pasaba por el conde -que era gran señor en aquel reino- se fueron allanando y reduciendo a las leyes de la justicia con rigor del castigo. Volvió el rey de Galicia a Salamanca en fin del mes de noviembre, y desde aquella ciudad se envió su audiencia real formada a Galicia, para que residiese en aquel reino y con la autoridad de los gobernadores y jueces que allí presidiesen y con rigurosa ejecución se administrase la justicia; y el arzobispo de Santiago les entregó su iglesia habiendo pasado por el estado del conde de Lemos y por todas las otras tierras de señores que hay hasta llegar a su arzobispado sin ser recibidos los oidores: tan duros y pertinaces estaban en tomar el freno y rendirse a las leyes que los reducían a la paz y justicia, que tan necesaria era en aquel reino, prevaleciendo en él las armas y sus bandos y contiendas ordinarias, de que se seguían muy graves y atroces delitos y insultos. En esto y en asentar otras cosas, se detuvieron algunos días el rey y la reina en la ciudad de Salamanca.

Y en cuanto a la imposición del castellano y la decadencia del uso del idioma gallego por las clases superiores, los estudios más serios y contrastados denotan que el asunto ya venía de atrás. O sea, que a los efectos que nos interesa hay que fijarse en lo que supuso poner orden entre los señores de horca y cuchillo y sus efectos sobre el pueblo llano.
La leyenda do “Ponte do pasamento”

De todos modos, siguió y sigue vivo el mito de Pardo de Cela, adobado por la literatura y las leyendas, como la de “A ponte do pasamento”, donde teóricamente detuvieron a su esposa cuando iba a Mondoñedo con el indulto real. La historia y la leyenda se entreveran en la vida de este personaje, partidario de Juana la Beltraneja, un pleito complejo por la dote de su esposa, su resistencia en la fortaleza de “A Frouxeira”, la traición que sufrió por parte de sus servidores y hasta su enterramiento en la catedral de Mondoñedo.

Pero convertirlo en héroe nacional hubiera sido una exageración o algo peor, transformarlo en lo que nunca fue y dotarlo de un carácter de defensa de una Galicia ideal y mítica que nunca se le pasó por la cabeza a este personaje. Pero determinados sectores del nacionalismo gallego siguen creyendo a pies juntillas, y citan como referencias, las más peregrinas invenciones, entre las que sobresalen las de Vicetto que en “Los Hidalgos de Monforte” (1851) transforma a Pardo de Cela en nada menos que un dirigente popular, un líder de las revueltas irmandiñas. ¡Delirante! Y además deduce que aquel alzamiento, contra los nobles, era un a movimiento de clase. Sobre este asunto recomiendo le espléndido trabajo del historiador Carlos Barros, de la Universidad de Santiago, sobre los mitos de la historiografía nacionalista.

El caso fue que de Pardo de Cela nunca volvió a hablarse. Y nos quedamos sin nuestro Casanova.

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