«Pisarlo, pisarlo…»

Los aficionados al fútbol seguro que recuerdan el partido de la jornada 21 de la temporada 92-93 entre el Superdepor -fue bonito mientras duró- y el Sevilla entrenado por Bilardo y con Diego Armando Maradona en el once. En un lance del juego, la bota del astro argentino impactó en el rostro de un jugador blanquiazul al que el masajista del equipo andaluz, viendo que manaba abundante sangre, prestó los primeros cuidados. En ese momento Bilardo le gritó «¡A Diego, a Diego, los de colorado son los nuestros… qué carajo me importa el otro. ¡Pisarlo, pisarlo!»

Traigo a colación aquel episodio fruto de la tensión del partido, que en el argot futbolístico se conoce como «desconsideración al contrario», a propósito de lo que ocurre hoy en los ámbitos político, académico, periodístico, deportivo y en la sociedad en general, en donde se percibe que los ánimos están exaltados, la irritabilidad a flor de piel y mucha gente se muestra alterada, como con ganas de «pisar» al contrario que es aquel que no piensa de la misma forma.

Viendo algunos debates en los parlamentos, leyendo crónicas periodísticas y comentarios de internautas, escuchando determinados debates en la radio o la televisión en los que el que más grita e insulta es el que más aplausos cosecha, se puede concluir que la intolerancia y hasta el odio se han instalado entre nosotros.

Los protagonistas suelen dar a los debates una apariencia democrática, pero los sentimientos que predominan en el fondo y la forma no son solo de desconsideración al contrario, sino de machacarlo porque es visto más como un enemigo a batir que como portador de otro punto de vista que puede ser enriquecedor.

Con estos mimbres, el cesto resultante es una sociedad fragmentada en la que se reparten credenciales de buenos y malos en una lamentable reaparición del cainismo, ese mal antiguo que Goya expresó magistralmente cuando pintó a dos españoles enfangados en un lodazal dirimiendo sus diferencias a garrotazos.

El sociólogo Alejandro Navas advierte de un «asilvestramiento» en los comportamientos de la sociedad española y el humorista JM Nieto imaginó en una viñeta una estancia del infierno con calderas hirviendo y al «diablo mayor» explicando a un colega las características de una que «no necesita fuego, calienta por resentimiento. Una maravilla. La he traído de España».

De verdad, si el resentimiento computara en el PIB, este país tendría una economía boyante.

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