Wert se fue

Verdaderos esfuerzos han tenido que hacer algunos medios para, en la despedida del ministro Wert, entresacar de sus declaraciones públicas e intervenciones parlamentarias una serie de “frases memorables” y de esta manera poder seguir presentándolo como un hombre provocador, autosuficiente y un punto chulesco.
Pero como el empeño no daba para tanto han tenido que forzar las cosas hasta el punto de incluir en el catálogo de lo digno de recordarse afirmaciones tan incuestionables como que la selectividad no funciona porque la aprueban el 94 por ciento de los alumnos. Y así, otras.
También se le echaba en cara aquello de que “en el Parlamento soy un portento de humildad”. Creo, sin embargo, que más apropiado sería hablar de un prodigio de paciencia. Porque el hasta hace unos días el titular de Educación y Cultura ha sido política y mediáticamente maltratado hasta el extremo.
Pocos miembros de un gobierno habrán recibido tantos insultos, tantos desprecios, tantos desaires, tantas humillaciones ya no sólo políticas, sino también personales como José Ignacio Wert a lo largo y ancho de sus tres años y medio de mandato. En toda geografía y escenario. Ni el santo Job hubiera aguantado casi sin rechistar semejante chaparrón de descalificaciones.
La cartera de Educación nunca ha sido fácil, sobre todo cuando la ha gestionado la derecha. Se trata de un ámbito muy sensible donde se cruzan toda una serie de legítimos principios ideológicos y pedagógicos: desde la propia concepción de la persona, de la libertad de enseñanza y de la educación como mucho más que la instrucción en saberes, hasta cuestiones meramente instrumentales. En Francia, por ejemplo, la polémica está siendo no pequeña dentro incluso de las propias filas socialistas.
Para nuestra izquierda cualquier movimiento que signifique tocar lo más mínimo sus planteamientos es innegociable. No hay otros. El Partido Socialista se lo dejó muy claro al ministro Wert en cuanto éste anunció el propósito de acometer una reforma parcial. Ni una coma habría de tocarse de la ley entonces vigente, aunque no pocos indicadores nacionales e internacionales venían a coincidir en que teníamos un sistema educativo manifiestamente mejorable. Y sin descanso ha cuestionado la reforma y al ministro que la promovía. Por tierra, mar y aire. Y con gran éxito mediático, tal vez por aquello de la información espectáculo tan en boga.
Siempre ha sido así. Pasa el tiempo y tal vez hemos olvidado la oposición frontal de la izquierda a la ley que Aznar logró sacar adelante en su segundo mandato, con la ministra Pilar del Castillo al frente. La norma llegó a las páginas del BOE, pero, como se recordará, Zapatero se la cargó sin apenas haberla dejado entrar en vigor. Y así siguen: sólo ellos y siempre ellos.

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