Arde Lugo

En 1991 los periodistas -y con nosotros los ciudadanos- asistimos a una maniobra novedosa en el ayuntamiento de Vigo. Esquerda Galega (EG), aquel legendario partido liderado por Camilo Nogueira llamado “a cambiar la historia de Galicia”, propuso algo absolutamente insólito en la vida democrática del país. Suso Costas, portavoz de EG y “látigo de herejes”, exigió al PSdeG-PSOE cambiar al candidato a la alcaldía, Manuel Soto Ferreiro, a cambio de otorgar su apoyo de investidura a otro socialista y formar parte del nuevo gobierno. La razón de la inquina contra Soto, alcalde democrático desde 1979, se ha desvanecido en los rincones de la memoria popular. El resultado se tradujo en el cambio del “compañero Soto” por el presunto traidor Carlos Príncipe. Los socialistas sucumbieron al chantaje y la izquier-
da perdió el gobierno cuatro años más tarde. El azúcar de EG se diluyó en un BNG emergente y de aquel episodio local aún quedan enigmas por resolver.

Semejante chantaje inaugurado en Vigo se ha puesto ahora de moda entre aplausos, como acabamos de ver en Lugo. Aún es pronto para predecir cuáles serán las consecuencias de este modo de entender los pactos políticos para logar la gobernabilidad de un ayuntamiento, de una Diputación, de una comunidad o, incluso, del Estado. ¿Consideraremos los ciudadanos lícita la injerencia de un partido en las decisiones internas de otro? ¿Es de recibo, como ha acontecido en Madrid, que Ciudadanos imponga a Cristina Cifuentes la convocatoria de primarias en el PP? ¿Aceptaremos, como acontecía tradicionalmente con los tránsfugas, que un partido minoritario –pretensión de Podemos y alguna Marea-, gobierne con los votos de izquierda de las restantes fuerzas?

Estas interrogantes son chispas desprendidas del fuego generado en Lugo con el chantaje del BNG sobre los socialistas López Orozco, alcalde y candidato de la ciudad, y Manuel Martínez, alcalde de Becerreá y candidato in pectore a la presidencia de la Diputación. La sorpresa y el posterior escándalo generado por la actitud de este último al votarse a sí mismo y dejar la Diputación en manos del PP es un aviso a navegantes. Tanto a socialistas como a nacionalistas. El chantaje político es un síntoma de corrupción de las ideologías y del buen uso de los votos recibidos. El votante ni entiende ni acepta el cambalache, pero tampoco logra comprender la falta de previsión estratégica de unos y otros para establecer bases de colaboración sin personalismos, inquinas y razones estéticas disfrazadas de ética.

Estos días arde Lugo. Las hogueras de la inquisición política están encendidas y, como acontece siempre en las contrarreformas, se quemarán las ideas de progreso.

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