Libertad de expresión y amoralidad en el Ayuntamiento de Madrid

El profesor José Luis López Aranguren en su célebre tratado sobre la “Ética” reflexión sobre la condición del ser humano, dotado de conciencia, en cuanto se supone que le impulsa a obrar conforme a la moral. Pero también existen personas sin moral; es decir, amorales, que, como en la célebre frase de Groucho Marx, disfrutan de principios intercambiables, según la ocasión.

Algo de esto vemos estos días con ocasión de la serie de episodios que se desprenden de las características y pasado de algunos de los personajes principales del actual gobierno municipal de Madrid que preside Manuela Carmena.Vemos un variado surtido de ejemplares personajes, que tanto tienen el mal gusto de hacer humor con terribles episodios de las personas a las que ofenden, como apuntan en su pasado la defensa del terrorismo como arma política o que interrumpieron con desaforada violencia verbal y simbólica en una capilla.

Carmena, que se cansó en repetir que ella no pertenecía a “Podemos”, aunque era su candidata a la alcaldía de Madrid, disculpa a su corte por entender que estas excrecencias amorales de los miembros de su equipo son simples ejercicios de la libertad de expresión. Ese argumento ya le sirvió cuando le preguntaron su opinión sobre los “escraches” o el acoso que hace unos meses sufrieron determinados cargos públicos de otras ideologías en sus respectivas ciudades. “Eran manifestaciones de la libertad de expresión”. Me gustaría saber qué diría si ahora sufriera ella misma alguno de estos acosos e intimidades. Seguro que serían actos propios del fascismo.

En todo caso, la libertad de expresión no es un saco sin fondo, en el que queda todo y que sirva para justificarlo todo. Como toda libertad y todo derecho tiene sus límites, obviamente marcados por las libertades y los derechos de los demás. Pero es cosa sabida. Y esos límites, en una sociedad civilizada, son jurídicos, éticos y hasta estéticos o de simple buen gusto.

Pero de la deriva amoral a la que asistimos hay otro gran responsable en la medida en que ha facilitado que estas cosas pasen, es decir, el PSOE que debería haber advertido, como ahora parece que lo hace, digo que debería habersepercatado de a quién y a quiénes entregaba el gobierno de la primera ciudad de España, con el simple repaso a la catadura de la serie de elementos antisistema, que simplemente se manifiestan como cabía esperar. Y apenas hemos empezado.

Estos días vamos conociendo la serie de anécdotas, por llamarlas compasivamente, que han protagonizado en la constitución de los ayuntamientos que dominan, miembros de las candidaturas mencionadas. Sin el menor respeto al conjunto de los ciudadanos y al propio marco legal que les ha permitido obtener actas de concejales o las propias alcaldes. E incluso en este caso, hay gradaciones.

Se han visto gestos, conductas, posturas que nada bueno auguran del respeto que cabe exigir a un político sobre los símbolos del Estado de Derecho dentro del cual han obtenido la representación legal para el ejercicio de sus funciones. Y en este caso no son gestos amorales, sino directamente estúpidos e innecesariamente exhibicionistas, como quedarse sentado cuando suena un himno o jugar con los emblemas, bandas o medallas que les han sido otorgados.

Ha habido gestos infantiles, casi cómicos, como el del nuevo alcalde de A Coruña, Julio Ferreiro, que sale a la plaza exhibiendo el bastón que lo acredita como primer edil, como si fuera un trofeo logrado tras pertinaz combate. Y dice que el poder vuelve de este modo al pueblo, como si desde las primeras elecciones democráticas municipales ese poder no estuviera en manos del mismo pueblo que se lo ha otorgado a él ahora.

Tanto el PSOE como el PP, ambos por igual, se habían ganado un buen repaso. Y han recibido lo que merecían. Espero equivocarme, porque algunos indicios de las alternativas me parecen más que inquietantes, con independencia de que nadie con sensibilidad social pueda no concordar con determinados aspectos de sus programas.
Nos esperan tiempos interesantes. Habrá que esperar y ver.

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