La bandera del Ribeiro

En cierta ocasión Álvaro Cunqueiro pronunció un pregón sobre el vino de una determinada localidad norteña, cuyo nombre por respeto sustraigo al lector. La inventiva y fantasía del escritor trazó una hermosa epopeya sobre los caldos locales convirtiéndolos en preferidos de los césares romanos, en oro líquido codiciado por los suevos, en bebida consagrada para los cristianos, pecado para los mahometanos, moneda de cambio para los judíos… motivos, en fin, utilizados para justificar todas las conquistas e invasiones de la historia de nuestro noroeste peninsular. Fue una disertación magistral.

Los asombrados paisanos sintieron que, en lugar de pequeñas viñas, poseían tesoros y el alcalde franquista del pueblo mandó de inmediato que en el refrigerio se cambiaran los vinos previstos por otros propios. Cuando llegó la hora del ágape y del brindis, Cunqueiro saboreó aquel vino y discretamente nos preguntó:

-¿Qué porquería es esta?

-Nuestro vino, don Álvaro –respondió el alcalde alarmado por el tono del prócer.

-Pues déjenlo para el recuerdo, que esto no es digno de su pasado, y sírvannos un buen ribeiro.

A continuación, en la intimidad, nos deleitó con alabanzas sobre las realidades y el futuro que merecían los vinos acunados en los mitológicos valles de las confluencias de los ríos Miño, Avia, Arnoia, Barbantiño… Compuso un segundo pregón del buen vino, porque, además, don Álvaro era un adelantado de la acción publicitaria de esta denominación de origen, la segunda más antigua de España.

Estoy seguro de que en estos momentos Cunqueiro se sentiría orgulloso y solidario con la promoción que del ribeiro está realizando el Consejo Regulador. Unas actividades francamente inteligentes en la que se vincula el vino ourensano con el Camino -yo diría los Caminos- de Santiago-. Con la historia real y la tradición milenaria. Con la gastronomía autóctona y la moderna más exquisita. Con la cultura y la vanguardia… Una promoción en la que se pone de manifiesto que los vinos del Ribeiro son mucho más que un simple placer para los sentidos y que la diversidad de marcas ofrece una verdadera sinfonía de notas sensoriales.

Los vinos del Ribeiro se han convertido en bandera de modernidad, en sector estratégico de la economía provincial y gallega, en imagen y marca de la ourensanía, en sello de calidad con el marchamo del saber y la constancia avalada por el poso del tiempo. Y estos méritos no son una composición fantástica de Cunqueiro. Quien guarda una viña en el Ribeiro, posee un tesoro.

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