La elección de alcaldes

Se acerca el final del chalaneo, concluyen las negociaciones y se cierran los pactos para repartir alcaldías, diputaciones y gobiernos. Es la segunda e inevitable parte que nos depara un sistema electoral imperfecto como pocos, donde las mayorías se acaban cocinando como en un juego de cartas. Curiosamente el pasado nos ofrece divertidos ejemplos de cómo se solucionaron trances parecidos a los que ahora nos asolan. Siempre nos quedará la duda de conocer, si se les diera oportunidad de votar, cómo resolverían este trance los electores, agrupando su voto con plena libertad de conciencia para formar gobiernos que realmente respondieran al deseo del mayor número de ciudadanos.
Cuenta Mesonero Romanos en su libro «Memoria de un setentón» (cuya lectura, por cierto, recomiendo), la forma en que el pueblo de Madrid procedió a designar a su primer Ayuntamiento después de que el alzamiento del general Riego posibilitara lo que más tarde sería conocido como «el trienio constitucional» (1820 1823.
La fórmula, divertida y popular, podría servir de referencia para todos los tiempos, ocasiones, contiendas y trances en que sea preciso disponer el alistamiento de candidatos, aspirantes o denominados para cualquier cosa.
Frente a la rutina y el clientelismo al uso que tanta irrelevancia eleva a la condición de padres y madres de la patria, o de la autonomía o de lo que sea, los madrileños de aquellos lejanos días dieron con la clave de cómo designar a sus ediles, alcaldes y diputados varios, satisfaciendo de paso al vecindario.
Dice Mesonero que salía al balcón de la casa de la villa el poeta Gorostiza, con un papel en la mano y preguntaba: «Ciudadanos, ¿quieren ustedes para alcalde primero constitucional al señor marqués de las Hormazas?». -«¡Sí, sí! ¡Viva!”, decía con entusiasmo el pueblo. Pero en esto una voz salida de uno de los grupos dice: «¡No, que es tío de Elío» (el general fernandino que había repuesto al rey absoluto seis años atrás), y el pueblo en el instante _sigue el relato Mesoneros_, recobrado de su primer movimiento dice: «¡Abajo, fuera los Hormazas! ¡Otro, otro!». Algo así como, ¡que pase la lista!
Y así se iba configurando el consistorio, al tenor de los vivas o mueras democráticamente expresados por la ciudadanía. Llegado a un punto, los «electores» pronunciaron bienes y vivas antes de que el poeta proponente dijera el nombre del personaje que habría de ser sugerido para alcalde segundo.
«Pero señores, si no lo he dicho todavía». (Risas generales y palmoteo)», subraya Mesonero.
Y sin embargo, por este curioso procedimiento fue designado, según el autor uno de los mejores Ayuntamientos que ha tenido Madrid.
Ya sabemos que este episodio de nuestra historia liberal no es más que una referencia amable para la sonrisa, pero en el fondo tan singular procedimiento parece más digno (y desde luego, democrático) que los juegos de tahúres.
Y digo yo que, ahora que todo el mundo tiene teléfono móvil y se han puesto de moda las consultas por este procedimiento, si no se podría ensayar un sistema para emplearlo en el menester que nos ocupa. Imagínense una votación  interactiva, con los electores votando sí o no, según el caso, a la cara y el historial de los personajes que fueran apareciendo en pantalla, luego de que cada candidato se dirigiera personalmente a nosotros durante cinco o diez minutos.

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