Respetar el pasado

Ahora está de moda –y sale gratis– lanzar dardos iracundos contra el régimen constitucional acusándolo de consagrar el bipartidismo al que se considera culpable de la crisis y la corrupción y demás males que nos aquejan.

Es verdad que los partidos que encarnaron ese régimen cometieron muchos errores en los últimos años, entre los que sobresalen su mala gestión de la crisis, su desconexión con la realidad y, sobre todo, su escaso control y falta de regeneración interna frente a tantos casos clamorosos de corrupción, lo que llevó a los propios partidos y al mismo sistema a la actual fase declinante.

Pero antes de cometer esos pecados políticos los viejos partidos, singularmente el PSOE y el PP –este heredero y sucesor de la vieja UCD–, que representan el centro izquierda y el centro derecha supieron encarrilar al país por la vía de la reconciliación y de la concordia desde la denostada Transición.

Fueron esos partidos y sus políticos los que, con una alternancia tranquila en el gobierno, consiguieron asentar y normalizar la democracia, crear un régimen de libertades y propiciar un desarrollo económico como nunca había tenido el país, con la conquista de un modelo de estado de bienestar mejor que el de muchos países de nuestro entorno.
Parafraseando al cardenal Cisneros cuando mostró a los rebeldes los cañones y los soldados que le protegían, populares y socialistas pueden decir a los nuevos políticos con orgullo “estos son nuestros poderes y nuestras conquistas”: una larga etapa de estabilidad política que es la premisa de partida para la prosperidad económica lograda, ahora interrumpida por la crisis.

Aunque solo fuera por eso, por haber hecho esta travesía tan exitosa que empezó en la Transición –conviene recordar de dónde veníamos– y trajo al país hasta aquí en condiciones aceptables, los viejos políticos y su obra merecían algo más de consideración y respeto por parte de los que quieren sucederles en el Gobierno de la nación y de los que van a sucederles en los ayuntamientos.

Pero estos sucesores no solo quieren desalojar del poder a quienes con aciertos y errores gobernaron el país y los concellos hasta ahora, sino que, además, muestran un gran desprecio hacia ellos. Deberían ser más respetuosos con el pasado y con sus predecesores y no escupir al cielo, no vaya a ser que algún día escuchen aquella vieja sentencia popular “otro vendrá que bueno me hará”. Que muchas veces se cumple.

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