Pactos

No es cierto que la cultura de los pactos esté inédita en la enciclopedia política de nuestro país. Los dos grandes partidos mayoritarios han venido pactando entre sí, con fuerzas minoritarias en ayuntamientos, comunidades autónomas y en el Estado desde el retorno de la democracia. Hemos vivido con intensidad las negociaciones y acuerdos de PSOE y PP con los nacionalistas vascos y catalanes, principalmente, con los nacionalistas gallegos, aragoneses, navarros, valencianos… y los independientes de cualquier rincón para avanzar en la gobernabilidad en todas partes, para constituir parlamentos y gobiernos municipales. Sin embargo, ahora hay que contemplar con asombro como unos y otros se esfuerzan en presentar la nueva situación, a la que en esta semana se pondrá punto y seguido, como un logro de la diversidad política.

Nos enfrentamos, esto sí es cierto, a un reparto exponencialmente diferente, pero cuyas consecuencias serán inevitablemente similares a las prácticas del pasado. Los pactos fueron esencialmente buenos y volverán a serlo porque pactar es sinónimo de diálogo, acuerdo y convivencia de diferentes identidades en la gestión pública. El buen o mal resultado de los mismos no depende tanto de las confrontaciones ideológicas como de la razonabilidad de las personas que los alcanzan y ejecutan. En las barajas puestas sobre las mesas de negociación habrá criterios, intereses, objetivos, mercadeo, programas, promesas, compromisos… buenos y malos jugadores, tahúres de la política, oportunistas del recateo, compraventa de votos al peso y honestos propósitos. Da igual que representen a los partidos tradicionales o a los emergentes. Quien piense o predique novedades, pronto verá en el espejo de la realidad que estaba equivocado.

Me sorprende que, en esta situación de caída libre, el PP mantenga su estrategia de soledad acusando al PSOE de girar a la izquierda «radical» y dejarlos en el abandono al que ellos quisieron condenar a socialistas y nacionalistas desde la soberbia de sus mayorías absolutas. La irrupción de los nuevos partidos es, en gran medida, consecuencia de dos líneas marcadas por los dos partidos hegemónicos. El propósito del PP de crear y consolidar una falsa «mayoría natural» con nostalgias dictatoriales y el descalabro ideológico del PSOE, en su última deriva de sometimiento al neoliberalismo, posponiendo el ideario socialdemócrata que nos trajo hasta el Estado del bienestar.

Frente a los pactos, los conservadores airean su desconsolada soledad mayoritaria, los socialistas por fin giran hacia el camino correcto, los nacionalistas guardan silencio y los emergentes levantan banderas intransigentes por las que la historia les pasará factura. Nada nuevo bajo el sol.

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