Sueldos públicos

La idea recorre los cuatro puntos cardinales de la piel de toro sin que nadie se atreva a poner freno a un nuevo despropósito contra el crédito de la vida política. Hoy es de buen ciudadano hablar de la rebaja de los sueldos de los políticos. Contemplamos como los partidos emergentes, Podemos y Ciudadanos, exigen y chantajean a las otras fuerzas con la cartela de “bájese usted el sueldo si quiere gobernar”, y todos callan. Nadie se opone. Yo voy a discrepar de esta corriente políticamente correcta, que está calando en nuestra sociedad, y decir que no es bueno ni eficaz que nuestros representantes y gestores públicos tengan remuneraciones por debajo de su nivel de responsabilidad.

La gestión de la vida pública, desde el más pequeño ayuntamiento o el cargo más ínfimo, hasta llegar a la presidencia del Estado o a la representación internacional más brillante, requieren de conocimientos, dedicación, entusiasmo y, si es posible, serenidad para ejercerla. Negarles una correcta (buena) compensación económica es negarles la eficacia de la dedicación e, incluso, la existencia. Es una mala política.

En el país inventor de la picaresca nos costará librarnos de una gran minoría de pillos, sinvergüenzas y ladrones incrustados en todos los sectores, pero su existencia no debe ser el argumento que condene a la inmensidad de honrados “trabajadores/as” de la vida pública. En la mayoría de los cargos, los políticos españoles no están bien pagados en comparación con dedicaciones de similar o inferior calado en la vida privada. Ello, en buena lógica capitalista, propicia y facilita las mal llamadas puertas giratorias, contra las que también la demagogia siembra tempestades.

Siguiendo esta corriente, en la legislatura que ahora concluye, hemos visto como esta hipocresía se utiliza para tratar de ganar ventaja contra los contrarios o contentar a desinformados. En la cumbre del despropósito, hemos asistido a la maniobra de Dolores de Cospedal, secretaria general del PP, utilizando la presidencia de Castilla-La Mancha para dejar sin remuneraciones fijas a los parlamentarios autonómicos de su comunidad, con el fin de subyugar el trabajo de la oposición, mientras ella cobraba tres sueldos y presumía de recortes. Afortunadamente, los votantes no se lo han premiado.

De seguir por este camino no tardaremos en ver la vida pública aún más plagada sin remedio de mediocres. Nadie, con posibilidades de “progresar” económicamente en otros sectores, dedicará su tiempo, conocimientos y esfuerzos a la representación y gestión pública. En contra de cuanto se pretende, aumentarán las privatizaciones, el fraude, las prevaricaciones, el amiguismo, los oscuros negocios de trastienda… protegidos por las mentiras de la transparencia. Un político mal pagado siempre acaba siendo un mal político.

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