Al primer empujón

Conocida es la facilidad con que al primer leve empujón este Gobierno se corrige a sí mismo. Por eso nunca dudé que la vacuna contra la meningitis B se vendería más pronto que tarde en las farmacias. Han bastado, en efecto, unas cuantas pancartas en la calle para que así vaya a ser dentro de un par de meses.
Hasta ahora estaba establecido el uso hospitalario de la vacuna en cuestión, en base a la ausencia de datos sobre su eficacia clínica, a la incidencia contenida de la enfermedad meningocócica por serogrupo B y a la espera de obtener datos de efectividad postautorización. Así al menos consta en una recomendación oficial del Ministerio de Sanidad.
Pero con el ministro Alonso los tiempos han cambiado. Llegó este vitoriano al Ejecutivo en medio de grandes aleluyas como sucesor de la defenestrada Mato y como la esperanza blanca que iba a dar un nuevo y renovador impulso político al Gobierno. En realidad, a lo que se viene dedicando es a tumbar políticas anteriores: eliminó el copago de fármacos de dispensación hospitalaria, devolvió la atención primaria a los emigrantes irregulares, y prometió casi barra libre para los nuevos medicamentos contra le hepatitis C. Ahora le ha tocado el turno a la vacuna en cuestión. Algo así como el ministro Catalá respecto a Ruiz-Gallardón.
No soy quien, por supuesto, para meterme en camisas médicas de once varas. Pero no quisiera pasar por alto un aspecto relevante de la controversia. Me refiero al anuncio hecho hace un mes por el presidente Feijoo en el sentido de que si el Ministerio no cambiaba de política al respecto, la Xunta valoraría la posibilidad de poner en marcha en Galicia un programa piloto para la dispensación de la vacuna en farmacias.
Es decir, que estaba dispuesto a ir por libre. Se escudaba en que consultaría a pediatras y epidemiólogos. Como si para recomendar lo contrario el Ministerio se hubiera aconsejado en su momento con Perico de los palotes. Pero, como digo, desde el punto de vista político lo relevante es el desacato, la indisciplina institucional que anunciaba. Un mal ejemplo y un mal precedente. Supongo que de aquí en adelante el presidente de la Xunta se cuidará muy mucho de criticar, por ejemplo, a la Generalidad de Cataluña cuando ésta se salta alegremente leyes y sentencias.
Se hubiera tratado, en definitiva, de una muestra más de la desorganización y galimatías de un sistema donde los barones territoriales vienen haciendo en sus respectivos gobiernos lo que mejor les conviene al margen de la lealtad y disciplina institucional que les incumbe. Y una muestra más de que, a pesar de todo, no pasa nada.

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