Don Rodrigo

Por culpa de don Rodrigo, los visigodos perdieron España. Cayó en la batalla de Guadalete y nunca más se supo de él. Según la tradición, la traición de sus amigos hizo posible aquella derrota mediante la cual los moros entraron en la península para quedarse ochocientos años.

Anoche un amigo de derechas se preguntaba si con la detención del actual don Rodrigo, imagen de solvencia y honradez económica del PP, biznieto de ministro y alcalde de Madrid, hijo de empresario y estandarte de la marca España, el Gobierno de Mariano Rajoy había ejecutado una traición cuyas consecuencias nadie ha calculado ni en Génova ni en Moncloa. Por culpa de este don Rodrigo, se lamentaba mi comunicante, el PP perderá definitivamente España para siempre y volverán los moros con estandartes rojos, subiendo desde Andalucía.

Probablemente no le falte razón. La descomposición del partido conservador no solo se está produciendo como consecuencia de sus errores de gestión, sino también como producto de la herencia recibida del milagro Aznar. Los ministros de don José Mari van desfilando como gotas malayas por los juzgados con una precisión insólita. Jaume Matas, Ángel Acebes, Ana Mato, Federico Trillo, Álvarez Cascos… seguidos por los tesoreros del partido, los contratistas amigos, avales de sobres, bodas y bautizos… La honradez predicada se les hace jirones y salta en añicos en esta hora de triunfalismos y de rendir cuentas. La burbuja del «mejor Gobierno de la democracia» ha terminado explotando en los despachos del hombre insignia, con quien el liberalismo de José María Aznar vendió las joyas de la corona antes de pregonar que todos ellos se marchaban con «la cabeza alta y las manos limpias».

Sí, el orgullo seguramente iba intacto después del 11-M y todos se habían lavado las manos antes de dejar los despachos y carteras ministeriales, pero los bolsillos y las cuentas en los paraísos fiscales estaban tan gordas como cerdos listos para el día de san Martín. Aún presuponiéndoles la inocencia debida, el reguero de millones ocultos o desenterrados que pasan ante los ojos de los ciudadanos, nos obligan a levantar el dedo acusador y pedir cuentas al presidente del Gobierno y presidente del partido que lo sustenta, pero también al hoy silencioso Aznar, antes de que los jueces lo llamen a declarar por asuntos tan nimios como la financiación de la famosa boda de su hija, en la cual estuvieron invitados todos los personajes hoy encausados.

La moderna batalla del Guadalete no ha hecho más que empezar, y quizás en esta don Rodrigo no desaparezca arrastrado por las aguas del río.

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