La rebelión de Rouco

Al poco de conocerse la relación del príncipe Felipe con la periodista Letizia Ortiz, se me ocurrió sugerirle a Juan Carlos I que había llegado el momento de ver al futuro monarca casado por lo civil. Sería una decisión moderna, más justa con todas las creencias y adecuada al Estado aconfesional que proclama la Constitución. La respuesta del Rey, entre jocosa y campechana, no nos sorprendió al pequeño grupo informal que hacíamos tertulia con él.
-¡Cualquiera aguanta a Rouco! –exclamó enfatizando.
Esa expresión nos rubricó la idea de que el poder de algunos personajes reside más en la pesadez de su carácter que en los cargos que ocupan. Por no aguantar al cardenal y sus manejos, Felipe VI llevó a una divorciada, de tradición familiar republicana, ante el altar católico y recibió la bendición del prelado más reaccionario de la historia contemporánea. Una situación tremendamente simbólica.
Rouco, ya jubilado, sigue siendo noticia por otra de sus virtudes. La falta de humildad, siempre manifestada en el modo de vivir y de ejercer el poder económico en la Iglesia. Al Papa Francisco le ha costado desplazarlo y a una parte del clero español sacarlo de palacio. Han tenido que reformarle un piso de 359 m2 en el centro de Madrid, valorado en un millón setecientos mil euros, que no paga impuestos y está atendido por un secretario y dos monjas, además de otros servicios cuyos costes son opacos. La reforma del inmueble ha supuesto una inversión cercana al medio millón de euros. Quienes durante años hemos contemplado de cerca a Rouco, reconocemos en esta situación otro pecado del perfil del personaje: la soberbia.
El lucense Antonio María Rouco Varela no pasará a la historia por ser un soberbio cardenal, lo hará por su interés en mantener anclado en el pasado añejo el pensamiento de la Iglesia española. Y si son ciertas las noticias que circulan por los pasillos y templos, puede que también lo haga por trabajar contra los aires frescos y modernos que representa Francisco I –el Papa negro profetizado por Nostradamus-. Cuentan que Rouco está a la cabeza de la oposición al argentino y, utilizando sus pesados privilegios, trabaja contra la cúpula del Vaticano. La razón principal: el poder, no las creencias.
Un santo arzobispo me confesó un día muy lejano en Sevilla: “Hijo mío, para llegar a Papa o Príncipe de la Iglesia no puedes creer en Dios. Si crees, no pasas de cura de aldea”. Repasando la biografía del incombustible Antonio María, el retiro de lujo lejos de su humilde villa natal y la nueva actividad rebelde contra la realidad, también encaja perfectamente con la filosofía de aquel mitrado andaluz. Ya sabemos, Rouco aspiraba a Papa. Amén.

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