Abuchear con impunidad

Cuando se asomen a los medios de comunicación en este primer lunes de primavera comprobarán que, más allá de las elecciones andaluzas, hay otra vida que gira en torno al fútbol que hoy abre informaciones con las secuelas que deja el partido Madrid-Barcelona que anoche paralizó al país. Los duelos entre estos dos equipos cobran cada año más importancia por su vieja rivalidad y porque el resultado de cada duelo puede determinar el ganador del campeonato.
Pero este partido conocido como el “clásico” de la Liga de Fútbol Profesional es historia y el mundo del deporte ya calienta el ambiente para otro clásico entre el FC Barcelona y el Athletic Club de Bilbao que este año jugarán la final de la Copa del Rey.
La final de la Copa, además de un partido de fútbol, es un acontecimiento que tiene gran repercusión social y deportiva y dará mucho que hablar en esta edición, porque van a concurrir en ella otras circunstancias que trascienden el ámbito deportivo y tienen más que ver con la política que con el deporte.
Athletic y Barça son los equipos más importantes de Euskadi y Cataluña, dos autonomías que albergan movimientos independentistas de la “Metrópoli” con la que no se sienten identificados. En el seno de ese independentismo habitan muchos hinchas que tienen en común su aversión a lo que representa la nación española que anuncian van a expresar en la noche de la final con una gran pitada a la bandera, al himno y al Rey que presidirá su primera copa.
Es curioso que la Comisión Nacional Antiviolencia castigue con severidad a los clubes en cuyos estadios se exhiben pancartas, se escuchan cánticos o gritos ofensivos contra algún jugador u otra ciudad, así como toda manifestación que incite a la violencia.
Sin embargo, esta misma Comisión se inhibe cuando hinchas radicales del Barça o del Athletic, parapetados bajo su propia interpretación de la libertad de expresión, ofenden a la mayoría de los españoles –y a la mayoría de los hinchas de esos dos equipos– abucheando a la bandera, al himno o al rey que son símbolos constitucionales de la nación y la expresión de valores de convivencia compartidos.
En Francia hubo un caso similar y Sarkozy, entonces presidente, advirtió de que, de repetirse, se suspendería el partido. Pero aquí todo el mundo mira para otro lado para no ver y oír como esos aficionados que deben tener bula especial para abuchear con impunidad las señas de identidad del país.

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