Esclavos del siglo XXI

Una de las fijaciones de don Emilio Castelar en su dilatada actividad política fue abolir la esclavitud, asunto que generó grandes debates en la España decimonónica.
Si el prócer político posara su mirada hoy sobre esta sociedad del siglo XXI, no saldría de su asombro al ver como la esclavitud, a pesar de ser considerada crimen de la humanidad, sigue arraigada en la cultura de algunas naciones del tercer mundo y reaparece bajo nuevas formas en los países más desarrollados.
Como la novísima forma de explotación y sometimiento que descubrió la policía en Culleredo, al lado mismo de A Coruña. Allí cuatro individuos tenían retenidos a mendigos e indigentes reclutados cuando pedían en la calle o en las puertas de las iglesias con la promesa de darles comida y techo bajo el que dormir.
Según refiere la información policial, una vez captados los sometían a tratos inhumanos y degradantes, agresiones físicas incluidas en algunos casos y amenazas de muerte si intentaban escapar.
Durante el día eran obligados a trabajar de sol a sol realizando todo tipo de actividades serviles o ejerciendo la mendicidad. Por la noche eran encerrados bajo llave en barracones y caravanas ubicados en fincas apartadas de núcleos de población.
A todas estas prácticas denigrantes hay que añadir que los “amos” controlaban sus cuentas bancarias y las tarjetas asociadas para quedarse con su pequeña pensión o renta social, ejerciendo así un control absoluto de estas personas desarraigadas socialmente. Son los esclavos del siglo XXI
Todos los abusos que se cometen con seres humanos son despreciables e indignantes. Pero los cometidos contra las personas más débiles e indefensas como son los niños, los ancianos, los minusválidos, los inmigrantes, los pobres o los indigentes, sin olvidar las redes que obligan a las mujeres a ejercer la prostitución, entrañan una gravedad especial por cuanto implican aprovecharse de las personas que por su situación, condición física o mental son especialmente vulnerables por no contar con recursos para defenderse.
Los “amos” de Culleredo, además del calificativo de miserables, merecen que caiga sobre ellos todo el peso de la justicia que debería ser implacable con penas proporcionales a la gravedad y secuelas que dejan los delitos en las personas afectadas.
En casos como este, seguramente no procede hablar de “prisión permanente revisable”, pero tienen bien ganada una pena de larga duración.

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