Ciudadanos

Desinflado el suflé de Podemos, el partido de moda es Ciudadanos. A su presidente, Albert Rivera, le recibía hace poco con todos los honores uno de los grupos editoriales más significados de la derecha. Y con todos los honores literarios y gráficos le despedía. Fue toda una puesta de largo en el suntuoso marco del Casino de Madrid ante el mundo de la empresa. Políticos había pocos, por no decir casi ninguno.
Raro es el día en que Rivera no aparece en algún gran medio de comunicación, tertulia o columna periodística. Incluso el diario cabecera de la izquierda le ha franqueado de par en par sus puertas, casi al mismo nivel que a su Pedro Sánchez del alma. Debe de ser porque –según pronostican- Ciudadanos puede darle un buen bocado electoral al PP al haber abierto a los desencantados del partido una opción digna entre la abstención y el voto con la nariz tapada.
El caso es que todo son elogios. ¿Justificados, merecidos? Eso ya es, a mi juicio, otro cantar. Por ahora. Albert Rivera presentó inicialmente su programa económico. Un documento que incluso para un lego en la materia está repleto de generalidades y buenas intenciones, no valoradas ni concretadas, que cualquier formación política puede suscribir.
Pero como participo de la idea de que los grandes problemas que se nos puedan venir encima como país van a ser más políticos que económicos, ahí es donde el líder de Ciudadanos debería ser mucho más explícito y dejarse de generalidades, de “cambios sensatos”, de eslóganes bonitos, pero que no son más que eso.
Valorar, como hace, el legado de la Transición política y comprometerse a garantizar un gobierno democrático y constitucional en Cataluña si ello está en su mano, no suena mal, pero sí a poco. No sé por qué en las grandes comparecencias mediáticas apenas se le insiste en ello, aunque es una un mundo que conoce especialmente bien, pues no en vano lleva metido en la primera fila de la política catalana al menos desde 2006.
Habida cuenta de que todos los catalanes tienen un denominador común en lo que a la consideración de su comunidad se refiere, creo que sería de interés conocer algo más espinoso al respecto. ¿Cataluña, nación? ¿Encaje especial para ella en la Constitución? ¿Qué tipo de financiación?
Así las cosas, hora es de pasar de las musas al teatro. Porque a Albert Rivera le puede ocurrir lo que a Miquel Roca con su fracasado proyecto electoral de 1986: que no supo transformar y elevar su conocido discurso político en Cataluña a un proyecto para toda España.
Ciudadanos y su presidente deben –creo- pasar del dejarse querer al hacerse querer, con propuestas más comprometidas.

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