El 9 de marzo

Día Internacional de la Mujer. Hablemos, pues, de cómo están las cosas en el mundo. Nadie se sorprendería si dijéramos que países como Yemen, Pakistán, Irán o Chad son los campeones de la desigualdad y la discriminación de la mujer en el mundo. De hecho según el ranking de los mejores países para las mujeres en 142 estados, Yemen ocupa el número 142 y los otros le siguen de cerca (Foro Económico Mundial). Tampoco debería sorprendernos que el país más igualitario sea Islandia, seguido por Finlandia, Noruega, Dinamarca y Suecia. España no puede lanzar cohetes, estamos en el pelotón, en el puesto 29. Es verdad que estos informes se realizan bajo una serie de parámetros que no siempre se adaptan a las particularidades de los Estados, pero no dejan de ser un muestreo comparativo interesante.

Sin embargo nos sorprenderá saber que en países que consideramos demócratas, de cultura occidental y «civilizados» aún están en vigor leyes que no sólo discriminan sino que someten a la mujer a la autoridad del hombre.

La organización internacional Equality Now ha elaborado un informe con las leyes en vigor que violan los derechos de las mujeres y, lo cierto, es que encontramos casos sorprendentes: en Arkansas, estado del centro de los EE.UU., los hombres pueden -por ley- pegar a sus esposas. Eso sí, con la limitación que sea una vez al mes.

En Chile, país gobernado por Michelle Bachelet -hasta hace poco presidenta de ONU Mujeres- la ley permite sólo al marido la gestión de las propiedades comunes e incluso de las que son de la mujer. Bachelet, por cierto, acaba de anunciar que creará un Ministerio de la Mujer… Pues ya tiene por donde empezar.

En Turquía, a las puertas de la Unión Europea, la mujer no puede aceptar un trabajo sin la autorización de su esposo… En fin. Son algunos ejemplos, llamativos todos ellos porque no estamos hablando de cultura, tradición, estereotipos o inercias sociales. No. Nos referimos al marco legal, cuando en un Estado democrático las leyes y normas suelen ir por delante de las costumbres, mucho más difíciles de erradicar o modificar. Por ello parece aún más aberrante que países considerados democráticos amparen legalmente tal discriminación.

Pasado el 8 de marzo queda patente que aún estamos lejos -unos más que otros- de alcanzar un trato equitativo entre mujeres y hombres. El 9 de marzo y los días siguientes, pasados los homenajes de rigor, los reconocimientos, premios, declaraciones y felicitaciones no puede venir el silencio y el olvido. Ahora queda hacer reales las buenas intenciones. De lo contrario no seremos más que los palmeros de una foto sin consecuencias.

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