Recuperar a la persona

Corrían los finales de los años ochenta cuando conocí a Ramón Gómez Crespo. Comenzamos siendo vecinos de escalera. En aquel edificio él vivía y yo tenía mi despacho como director de Cope. Tiempo más tarde el obispo de Santiago, monseñor Rouco Varela me habló de él. Y fue el encargado de presentarnos de manera oficial recordando que los dos teníamos en común ser ourensanos. Él era sacerdote y yo periodista. Ramón llegaba de las tierras italianas con las pilas muy cargadas para poner en marcha una iniciativa y trabajar con las personas enganchadas a algún tipo de drogadicción.

Un amigo en común hizo que la relación se intensificase entre los dos. Mi amigo me llamó un día para decirme que su hijo mayor estaba enganchado a la droga. Mi corazón latió de forma acelerada. No me lo podía creer. A partir de ese instante su recuperación, que fue total y absoluta, la pusimos en las manos de Ramón y su incipiente equipo de voluntarios y técnicos. El Proyecto Hombre estaba en marcha en Santiago y con visos de ramificación, como así fue, por toda Galicia. Y de ello hace ahora un cuarto de siglo de pelea constante para que una parte de nuestra juventud no siga coqueteando con ese “amor” tan desgarrador que es la droga y que les lleva a descender a las cloacas, a los peldaños más inferiores del ser humano. La entrada en funcionamiento de esta iniciativa social fue posible gracias al apoyo, moral, físico y económico, de las cinco diócesis de Galicia. Un apoyo al que también se sumaron las Cáritas diocesanas que siguen siendo fundadoras en unión de los prelados. El Proyecto Hombre persigue la rehabilitación y reinserción social de la persona adicta. Y lo hace con un programa educativo y terapéutico con el que se busca la maduración del individuo con la finalidad de que se pueda recuperar y ser, de nuevo, protagonista de su vida. El centro de toda su actuación es la persona, incentivándola para que alcance su crecimiento.

Recuerdo que cuando hablaba con Ramón, al comienzo de largo caminar, siempre me decía que las armas fundamentales son la comunicación interpersonal y de autoayuda, y la interiorización de los valores humanos que dan sentido a la vida. Un proceso en el que la familia juega un papel decisivo. En mi memoria aquellos comienzos de los noventa cuando se celebró la primera de las reuniones públicas de hijos y padres dando la cara ante la sociedad con un problema que adquiría dimensiones alarmantes. Son muchos miles de jóvenes los que han pasado por sus instalaciones. Y más de 8.000 recuperados nuevamente para la sociedad.
En este largo y sinuoso camino, lleno de muchas dificultades, el cura y pedagogo ourensano ha contado con el apoyo y colaboración de otro gran sacerdote, Jesús García Vázquez, hoy en día delegado episcopal de Cáritas Santiago. Entre los dos fueron convenciendo a entidades e instituciones públicas y privadas ( los que tienen los dineros) para hacer posible que un proyecto veinticinco años después sea una realidad y saque de los callejones sin salida de la droga a muchos jóvenes. Cuando llamen a su puerta, o a su corazón, y le enseñen la marca Proyecto Hombre, por favor ayúdenlos. Las adicciones son imprevisibles y traidoras y nunca se sabe lo que puede ocurrir.

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