Bárcenas entra en escena

Y si fuera cierto que ha existido una trama de presión política para que Bárcenas abandone la cárcel? ¿Y si fuera verdad que este movimiento implicaría el silencio del conocido tesorero del PP durante las campañas electorales que se avecinan? ¿Cambiaría en algo el panorama? Pues no.

El teatro del poder siempre ha dispuesto de una poderosa tramoya, para presentar ante el público una función impecable, mientras tras los forillos y bambalinas se acumulaban las miserias de la realidad. La tragedia de Bárcenas posee todos los ingredientes de la representación clásica. Estamos ante el personaje saliendo de las sombras tras mover todos los resortes del poder, la vanidad y el dinero. Sus marionetas lo odian y lo aman, lo soportan y lo adulan, pero cuando el foco se sitúa sobre su rostro, huyen despavoridas y, como Pedro, reniegan trescientas veces tres de él. Sin embargo, no por ello dejan de temerle.

En el PP temen a Bárcenas y desconfían de los secretos que el autor del drama haya depositado en su rol. No obstante el poder de este taumaturgo ya no reside en las posibles pruebas imaginadas que certifiquen la existencia de una contabilidad B o fraudulenta del Partido Popular, ni en que demuestre la circulación de sobres marrones entre los dedos de Rajoy, Cospedal, Arenas y un largo etc., ni en que debajo de su colchón vivan las pruebas de las donaciones o el pago en negro de las sedes del PP… todo eso y mucho más, hasta el infinito, está amortizado. El poder de Bárcenas reside en haber repartido e impuesto las caretas del cinismo, a las que todas sus marionetas se han aferrado para intentar escapar de sus hilos. Pero no pueden.

La pesadilla ha subido al escenario y, cuantos debieran ser protagonistas interpretan un coro neutro recitando idénticos versos mientras Edipo rey busca a un Creonte protector. Bárcenas, como Sófocles, nos ha servido a un Edipo-Rajoy que, soñando salvar al país, acabará descubriéndose verdugo del mismo, causante del suicido de Yocasta -ungida con las galas de la economía-, y un pedigüeño del destierro como consecuencia del posible pecado de corrupción que ignoraba llevar dentro.

En el PP se han vaciado los ojos intentando poner fin a la tragedia y, probablemente, su público incondicional aplauda al caer el telón y se conmueva con la sangre derramada. Por tanto, da igual que Luis Bárcenas este dentro o fuera de Soto del Real, que tenga escrita una tetralogía perdida o que los millones negros del PP le sirvan de seguro para su vejez. La aparición del cautivo en escena no es más que un nuevo trance del drama de Edipo-Rajoy. Y puro teatro.

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