Asesinos que no saben reir

La gente de mi generación tenía sentido del humor “dentro de lo que cabe” y disfrutábamos con los relatos de varios humoristas, con las “cousas” de Castelao, leyendo La Codorniz y, ya en el tardo franquismo, saboreando las páginas del semanario Hermano Lobo cuyas viñetas, cargadas de ironía, eran como ventanas abiertas por las que entraban aires de libertad en medio del oscuro panorama de la época. Aún hoy nos reímos con las viñetas que publican los periódicos de información general que retratan la realidad prosaica en clave de humor para que empecemos el día con una sonrisa en los labios. Traigo todo esto a colación a propósito del terrible atentado de París en el que murieron caricaturistas y redactores de la revista satírica Charlie Hebdo, una publicación que llevaba cuarenta años haciendo pensar y reír a sus lectores. Ocho días después de la masacre ya están agotados todos los adjetivos para calificar estas muertes. A la conmoción inicial siguió la ola de indignación y la preocupación global que genera este atentado, un desafío a nuestra civilización y cultura en nuestro propio territorio que, además de segar tantas vidas, perseguía acabar con la libertad de pensamiento y de expresión.
Ese era el objetivo de los terroristas: segar nuestra libertad y tolerancia justo allí dónde se “fabricaban y distribuían”, en la redacción de la revista satírica que utilizaba el humor como canal de comunicación. Se puede discrepar de la forma de humor de Charlie Hebdo, irreverente unas veces y con poco gusto otras. Pero de lo que no se puede discrepar es del sagrado derecho a su existencia y a la elección del modelo informativo basado en la crítica irónica sin tabúes que, en todo caso, son los lectores quienes lo validan en el mercado.
Pero los terroristas, los intransigentes, los fundamentalistas del pensamiento único no entienden de humor, no saben reír. Les molesta profundamente el estallido de una carcajada y echan mano de los kalashnikov para matarla con el objetivo de acabar también con nuestra libertad de pensar y expresarnos, que son principios irrenunciables que tenemos que defender por formar parte del núcleo duro de nuestra forma de vida democrática.
Como terroristas y asesinos son repugnantes y como seres humanos dan pena, porque no entienden que la sátira, la ironía, la risa son remedio infalible contra la crispación y contra todo fundamentalismo, sea político o religioso.

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