Gestionar la recuperación

En noviembre, cuando se cumplían tres años de las elecciones que le llevaron a La Moncloa, Rajoy estaba en Galicia y desde esta tierra brumosa, tan dada al pesimismo y a la tristeza, invitó a no caer en el “fatalismo interesado y el enfado permanente” que a veces se cierne sobre el país a instancias de quienes promueven “la leyenda negra que cuenta sin descanso que las cosas van siempre mal en España”.
Algo de razón tenía. No tanta como para “decretar” el final de la crisis, pero su llamada a huir del pesimismo era oportuna. Porque es verdad que los españoles -y los gallegos- somos muy dados al decaimiento de ánimo, a una especie de depresión colectiva, como si lleváramos escrita en la frente la ley de Murphy o tuviéramos como libro de cabecera “El arte de amargarse la vida”, el opúsculo en el que Paul Watzlawick describe los pensamientos tenebrosos que acompañan a mucha gente en su vida diaria.

Y no vivimos en el peor de los países. Repasando nuestra historia reciente deberíamos sentirnos muy orgullosos de haber superado la “longa noite” de la dictadura, conquistar las libertades, vencer el terrorismo, alcanzar el desarrollo económico y social que hubiéramos firmado hace cuarenta años… -¡bendita Transición que nos trajo hasta aquí!-. Y acabaremos superando la crisis. Todos los indicadores económicos –crecimiento, cifras de empleo, menor coste de la deuda, exportaciones, inversión extranjera, turismo…– permiten concluir que estamos en el camino de salida de este mal sueño.

Solo falta que esa mejora en las grandes magnitudes económicas llegue a las familias, a los que no tienen trabajo, a las empresas y autónomos y a los profesionales. “La recuperación no será completa hasta que no se sienta en los bolsillos de los españoles”, reconoció el mismo Rajoy ante los agentes sociales matizando su optimismo anterior. Que eso ocurra también depende de que el Gobierno cree las condiciones favorables para articular otras políticas que acaben con tanta precariedad, mejoren la contratación y los salarios para estimular el consumo y la inversión.

Por eso, el mismo Gobierno que aplicó con rigor ajustes y recortes, debe ser ahora igual de diligente gestionando la recuperación y “repartiendo el crecimiento” para hacer frente a las secuelas de la crisis y evitar que el fatalismo se instale entre nosotros. En ese momento, Rajoy y su Gobierno podrán decir con razón que “la crisis ya es historia”.

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