Un país cortoplacista

La caída de precio del petróleo, la devaluación del euro frente al dólar y la decisión del Banco Central Europeo (BCE) de reanimar con tipos bajos la economía de la eurozona han devuelto el optimismo a una economía moribunda como la española. Ninguno de esos tres factores tiene nada que ver con decisiones políticas internas. Da la impresión de que España se contenta con ir tirando, viviendo al día, en función de lo que otros hagan.

Pero los problemas de la economía española siguen estando donde estaban: el país produce menos de lo que debería para crear empleo, su productividad sigue siendo baja y su propio modelo productivo no ha encontrado su camino, una vez que abandonó a la fuerza la vía de la construcción desaforada.

La caída del precio del petróleo es evidente que recuperará la demanda interna, ya que los españoles tendrán más dinero en sus manos. Un euro más débil también ayudará a las empresas exportadoras españolas, al ganar en competitividad frente al área dólar, pero, sobre todo, España se beneficiará de que sus principales socios comerciales, Alemania y Francia, se verán favorecidos por un euro a la baja. Por último, los tipos de interés del BCE próximos a cero son todo un maná para un país tan endeudado como España, tanto en la espera pública como privada.

La conclusión salta a la vista: España debería hacer sus propios deberes internos, lejos de festejar estas ayudas externas. Políticamente, puede explicarse el parón de las reformas por las elecciones municipales y generales -al partido del Gobierno de Rajoy no le interesa afrontar ya más costes-, pero económicamente el país volverá a pagarlo en cuanto el petróleo vuelva a subir, el euro se recupere y el BCE adopte una subida de tipos. Porque nada de eso será para siempre.

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