Esperando a Sovaldi

La acción de protesta más eficaz, para dar un giro a la petición de la administración de Sovaldi a los 800.000 afectados por hepatitis C existentes en España, sería reunir en un mismo edificio a Rajoy, a Alfonso Alonso –ministro de Sanidad- y a todos los consejeros y consejeras autonómicos del ramo y obligarlos a convivir, a cada uno de ellos en una misma habitación, con un paciente en lista de espera del medicamento.

Quiero creer que, cuando esos representantes políticos se sientan alrededor de una mesa para valorar el presupuesto que deben adjudicar a los tratamientos pendientes, desconocen la angustia real de las personas sobre cuyas vidas están decidiendo en base a fríos cálculos matemáticos. Quiero creer que jamás han imaginado o padecido la angustia de sentirse desahuciados, con la muerte llamando a sus espaldas, mientras en la vitrina del hospital contemplan la inalcanzable alquimia salvadora. Quiero creer que se consideran a sí mismos y a los suyos económicamente a salvo de cualquier contingencia semejante a la padecida por este ejército de enfermos. Y me cuesta pensar que sus conciencias sean impermeables al sufrimiento humano, cuando se muestran como esponjas frente a los desastres económicos de la banca.

Les vendría bien, por tanto, una inmersión solidaria y de humanidad en los círculos de padecimiento de quienes, como los personajes del drama, sufren esperando a Sovaldi. No creo que, encerrados en ese hipotético edificio que imagino, llegaran a la situación final de los burgueses de “El ángel exterminador” de Buñuel, porque vistas sus cualidades para mentir no tardarían una noche en inventar las triquiñuelas adecuadas y transformar la tragedia en milagro. Ojalá sucediera.

Sin embargo la angustia de quienes esperan a Sovaldi nos es única y está dando pábulo al bulo o rumor de que, en contra de los criterios médicos, se ha decidido no aplicar tratamientos costosos y eficaces a los enfermos oncológicos mayores de setenta años. Es decir, que el valor del individuo dependería o de su poder económico o de su capacidad productiva. Me niego a creer en una práctica semejante, pero al escuchar que cada día fallecen entre 10 y 12 afectados por la hepatitis C, que existen unos 50.000 a las puertas de la muerte y que el Gobierno anuncia medicamento para unos 6.000, toda aberración económico-sanitaria me parece creíble.

A la sombra de Sovaldi hay otro aspecto cuestionable: el precio del medicamento. Pero esa es otra calamidad de la que hablamos en otro momento.

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