La lotería

Para mi tía Isabel, el de ayer era el día de la salud. En cuanto los niños de San Ildefonso comenzaban su cantinela soltaba la frase mágica: «Llegó el día de la salud». Y no explicaba más. Los sobrinos nos mirábamos con la misma interrogante en nuestros ojos y continuábamos con los juegos, las lecturas o cualquier otra ocupación ajenos a la sucesión de números y premios que manaban del receptor radiofónico o, tiempo después, del televisor en blanco y negro. El ritual está en nosotros desde la infancia y con él la esperanza de que nos toque la lotería de Navidad.

En mi amplia y diversa familia nunca cayó un premio y puedo asegurar que muchos miembros son fieles al décimo desde los comienzos del pasado siglo. A quienes se fueron les acompañó la ilusión hasta la tumba. Cuantos quedamos siempre tenemos un hueco en nuestras vidas para acomodarla. Quizás la tía Isabel fuera la más escéptica y sospecho que la menos jugadora. Yo la sigo en alguna medida. Para este año no llevo ni una miserable participación.

Juego, sí, algo a lo largo del año pero, si no me toca nunca, qué razón habría para recibir un premio en estos días de la nostalgia y la explotación de las debilidades sentimentales. Ninguna. Es más, según los expertos en cálculos de posibilidades, es más difícil obtener un premio en este sorteo que en cualquiera otro semanal. Por tanto me quedo con la copla de mi tía.

Dos razones me han apartado de la administración de loterías este año. Una, las colas acrecentadas por las necesidades generadas por la crisis. Otra, el famoso anuncio lacrimógeno. Parece evidente que los juegos de azar se han convertido en nuestro país en la única fórmula de reparto social paradójico de la riqueza. Todos aportamos un garbanzo para que unos pocos, a ser posible necesitados, alcancen el premio de un garbanzal repleto. Lo acepto y de cuando en cuando colaboro.

Sin embargo, el magnífico anuncio, desde el punto de vista artístico y mediático, también me produjo rechazo. Toda la narración está construida sobre una falsa realidad y una mala utopía políticamente interesada. Podríamos establecer paralelismos entre los sobres marrones de Bárcenas y el rojo del tabernero. También entre la idea de compartir el premio y la filosofía de la caridad de un Gobierno campeón en el recorte de los servicios sociales. Entre la euforia del nuevo agraciado y las falsas imágenes de final de la crisis… Y porque me recordó a la tía Isabel cuando me reveló el sentido de su frase: «Todos cuantos no resultamos agraciados solemos conformarnos diciendo que lo importante es tener salud y amigos». Pues salud y felices fiestas, amigos.

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