Bajo las estrellas

No es la primera vez que hablo de ellos. Ni será la última, por desgracia. Son las personas que a diario duermen bajo las estrellas. Las que desde hace 22 años en Cáritas denominamos los sin techo. Los que no tienen hogar conocido y que deambulan por las calles de las ciudades en busca de un cobijo, lo más resguardado posible, en el que dejar sus pertenencias con las que se trasladan de un lado para otro. Son los últimos de una sociedad que les hacen totalmente invisibles y sobre los que se suele estigmatizar y colocar determinados calificativos sin llegar en ningún momento a conocer su auténtica realidad. Porqué detrás de cada uno de ellos hay motivaciones distintas hasta llegar a ser los inquilinos permanentes de una casa levantada bajo las estrellas, la lluvia y el frio.
La semana que hemos dejado atrás hace que se revuelva algo en mi interior de un modo muy especial. Sobre todo desde que aporto un poco de la experiencia que he adquirido después de más de cuatro décadas trabajando en distintos medios de comunicación para, a través de mi actual labor, intentar sensibilizar a las personas de que aunque lo podamos negar el “sinhogarismo” sigue siendo una lacra que, por desgracia, aumenta todos los años. Las cifras son aterradoras. Las instituciones sociales, atendieron a más de 40.000 personas de las calificadas como sin hogar. Son cifras, nos guste o no, demarcadoras de una realidad a la que no se le ve solución desde las administraciones u organismos que tendrían que dársela, Un cúmulo de cuestiones que se hacen mucho más insoportables cuando la frialdad de los datos nos recuerdan que casi un millón y medio de familias viven en infraviviendas y que cerca de cuatro millones padecen condiciones de privación, inseguridad y dificultades de acceso a la vivienda. Carecen de un derecho básico, tal y como se reconoce en los tratados internacionales y en nuestro propio ordenamiento constitucional, mientras, en una desgraciada paradoja, casi tres millones y medio de viviendas permanecen vacías.
Galicia figura a la cabeza, detrás del País Vasco, en cuanto a personas que viven en la calle y en condiciones penosas, 3.654 según datos de organismos estadísticos oficiales. El ratio señala que son 133 por cien mil habitantes los que se cubren con el manto de las estrellas.
La sensibilización es el arma que tenemos en nuestras manos. Soy consciente de que a lo largo de 364 días de cada año -no me sirve que la sociedad únicamente se acuerde de ellos un día-, debemos seguir intentando que los sin techo dejen de vivir bajo las estrellas. No estoy de acuerdo en que sean las instituciones y entidades que trabajan en el campo de lo social y de la atención directa las que intenten paliar esta realidad humana cuando la obligación debe ser de la sociedad. Los que viven en la calle, al igual que nosotros, tienen el mismo derecho a disponer de una vivienda digna. No olvidemos que los que a diario usan para dormir los cartones como sábanas, son seres humanos.

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