¿Es descartable Rajoy?

Antes de que Mariano Rajoy llegase a la Moncloa, el entorno más próximo al ahora presidente se empeñaba en convencer a todo el mundo de que el líder del PP sería mejor presidente que candidato. Confiaban en que gobernase con moderación, palabra clave de su discurso preelectoral a la que no fue ajeno uno de sus hombres de máxima confianza en Galicia por aquel entonces. ¿Acertaron? No parece que mucho. Ni fue un candidato seductor ni resultó ser el gran presidente esperado.

Antes de que apareciera implicado en los papeles de Bárcenas, de los que hace tiempo que no se sabe nada, Mariano Rajoy estaba considerado como un hombre de orden, de buen carácter, que rara vez movía un dedo por nadie pero que a veces dejaba que otros lo hicieran por él, para bien y para mal. En esto parece que acertaron un poco más.

Y antes de verse superado -literalmente desbordado- por la corrupción, la crisis, el paro, la desigualdad social, las contradicciones programáticas, el desafío catalán y un sinfín de problemas más, solía decirse de Mariano Rajoy que al final se impondría porque manejaba bien los tiempos de la política, a la vez que se iba deshaciendo de sus adversarios políticos y de sus enemigos dentro del PP. Tampoco parece que acertasen mucho en este caso, salvo en la segunda parte del pronóstico.

A día de hoy, ambientes conservadores -incluso con más énfasis que desde la izquierda- se preguntan si Mariano Rajoy es descartable. Parecen ignorar que una campaña similar, antes del congreso de Valencia, no pudo con Rajoy, a quien suele resbalarle bastante lo que se dice de él. Si el PP quiere plantearse en serio renovar su cartel electoral no parece que vaya a hacerlo en el campo de la intriga. Con Rajoy, la intriga no suele funcionar. Ni siquiera la peligrosa intriga madrileña.

Después de todo, sobran los fundamentos para justificar la renovación de la derecha, sin necesidad de andar intrigando tanto. Como suele decir el periodista Miguel Ángel Aguilar, el nacimiento de la derecha moderna y civilizada en España es como el advenimiento del Mesías: siempre fue prometido pero todavía está pendiente.

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