El joven Nicolás y Podemos

En un juego de semejanzas y diferencias, el joven Nicolás y Podemos se distinguen en el método empleado para conseguir sus objetivos: algunas “travesuras” del muchacho madrileño son delictivas y la formación que gobierna Pablo Iglesias siempre estuvo dentro de la legalidad.

Anotada esta diferencia, hay muchos parecidos entre ellos. El primero, que los dos son fenómenos de aparición fulgurante –Podemos en mayo y Nicolás en este mes de octubre– que impactaron con fuerza en la opinión pública, alcanzaron la cima mediática como trending topic en las redes sociales y siguen concitando la atención y el asombro de amplios sectores de la sociedad.

Pero a mí se me antoja que la coincidencia más importante está en el papel que ambos se han otorgado como “conseguidores” vendiendo un producto inconsistente. Desde su “florida ideación delirante”, Nicolás vende sus influencias y contactos a personas acomodadas que compran su “producto”, unas porque ambicionan estar cerca de ese poder que supuestamente tiene el muchacho y otras, desesperadas, esperan que sus gestiones fructifiquen en logros para sus empresas o negocios tocados por la crisis. Pero él vende humo que unos compradores incautos adquieren como mercancía de gran valor. Los ideólogos de Podemos desde sus despachos universitarios detectaron el hartazgo y la desafección ciudadana con los partidos tradicionales que llaman “la casta” y prometen cargarse el sistema y conquistar el cielo “por asalto” con recetas simplistas, pero tan atractivas que compra mucha gente maltratada por la crisis y desencantada con los políticos. Sus propuestas populistas y demagógicas son válidas para implantar una “democracia popular modelo chavista”, pero perfectamente inútiles, por utópicas, para gobernar este país que quiere seguir viviendo dentro de la economía global. Como el joven Nicolás, venden humo que parece de colores pero es el resultado de la combustión de ideas verdes.

El pequeño Nicolás acabó víctima de sus propias fantasías. Lo que Podemos sea en el futuro depende de que las grandes formaciones acometan una regeneración a fondo para recuperar la decencia en la actividad pública. Hasta ahora, “la casta” está haciendo muchos méritos para que la gente, cada día más indignada, vote siguiendo aquel dicho “de perdidos al río” y allane el camino a estos jóvenes mesiánicos y a otros iluminados que prometen redimir el país con su populismo.

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