Vida bella

NO se ha mirado en el Lazarillo de Tormes, ni en El buscón don Pablos, pero habría sido el más fiel heredero de ambos personajes de no ser porque decidió imitar a otros dos más prosaicos y cercanos: a Paco Correa y al Bigotes. Sin embargo yo estoy dispuesto a abrir una colecta para levantarle un monumento en bronce en la plaza de Colón madrileña. Justo bajo la disparatada bandera que la megalomanía política, de una parte de la derecha, colgó en aquel lugar. En definitiva, estoy hablando de la fantástica aventura de un megalómano veinteañero.

Se llama Francisco Nicolás Gómez-Iglesias y si usted escribe su nombre en Google, en 0,13 segundos obtendrá más de tres millones y medio de resultados. El chico es ya un gran fenómeno mediático frente al que no cabe otra actitud que la carcajada. Ha sido capaz de inmortalizarse junto a las figuras más relumbrantes del universo aznariano, sentarse a la mesa con grandes empresarios de oscuras tarjetas, vender influencias, asistir a reuniones reservadas, viajar en coches de gran cilindrada con sirena para esquivar atascos, pasearse por las altas esferas institucionales, asistir a la primera recepción de Felipe VI… ¿Con qué credenciales? Con la figuración y la mentira, los dos fundamentos básicos para triunfar en el país creador de la literatura picaresca.

La ministra Fátima Báñez debiera de tomar nota. He ahí un gran emprendedor, autónomo y con fácil movilidad. Además, nadie sabe de dónde sacó el capital para emprender su negocio. Fátima lo tenía cerca, en las juventudes del PP, en las conferencias de FAES, en los pasillos del ayuntamiento madrileño… y no supo verlo. ¡Cuánta miopía! Por un pequeño descuido, al elaborar los informes del CNI para su autofinanciación, vamos a perder un genio de la política ficción tan en auge

Lamento profundamente que Francisco Nicolás no pueda, por ahora, encabezar una lista electoral. Su verbo fácil y convincente, su capacidad para proyectar su imagen sin producir rechazo, su aspecto inocente y amigable, su don de gente… son cualidades innatas para alcanzar la jefatura de cualquier Gobierno.

Y lo ha perdido todo por un miserable puñado de 25.000 euros. No puedo por menos que imaginarlo solo y deprimido, en un rincón de su humilde hogar, escuchando canciones de Julio Iglesias… “Soy un truhan/soy un señor”. Si pudiera hablarle, le daría ánimos. Le explicaría que la estulticia de cuantos se dijeron sus amigos y confidentes pasará como una tormenta otoñal, caerán las hojas y en primavera volverán los brotes fraternales. Y, además, es probable que antes de una semana tenga una suculenta oferta de cualquier programa televisivo de gran audiencia. ¡Ánimo! Tu hace la vida bella, Fran.

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