La frontera Sur

(26 de febreiro de 2014)Desnutridos, medio desnudos, algunos enfermos y todos agotados. Así llegan cientos de  jóvenes subsaharianos a Ceuta y Melilla, frontera sur de Europa, después de una larguísima caminata por los desiertos africanos. Hace unos días quince de ellos necesitaban ayuda, pero fueron recibidos con las “salvas de ordenanza” de las pelotas de goma y disparos de fogueo y murieron ahogados y los que alcanzaron la orilla fueron deportados a Marruecos.

Pide explicaciones la Comisión Europea, piden dimisiones los partidos de la oposición, defiende su actuación el Gobierno… Asistimos a una indecente polémica política en la que todos utilizan de forma vergonzante e hipócrita la inmigración para zurrarse -también en el debate-  sin que se escuche una propuesta seria y realista que aporte soluciones a esta creciente presión migratoria, que irá a más -el lunes entraron 100 y hay 30.000 esperando- porque África seguirá desgarrada por el hambre y las guerras civiles, que son otra causa de la huída de muchos nativos.

Lo que ocurre en Ceuta y Melilla no es distinto de lo que sucede en Lampedusa o Grecia y los políticos saben que la solución al problema trasciende a España y a cada uno de los Estados receptores de inmigrantes. Las duras medidas de control en las fronteras para salvaguardar el orden establecido, ni acabarán con las mafias instaladas en los países africanos, ni frenarán el drama de la inmigración irregular.

Son muchos los que sostienen que la solución pasa por invertir en origen para mejorar las condiciones económicas en África. Seguramente tienen razón, pero esto no es más que un sueño  porque el mercado africano es “poco atractivo” para el gran capital que, en lugar de invertir en ese continente, lo esquilman. Dice Sami Naïr que en materia de inmigración ilegal no hay inocentes, todos somos culpables. Todos nos escandalizamos ante la violación de los derechos humanos en Siria o Ucrania mientras somos profundamente insolidarios con los inmigrantes a los que demonizamos como si fueran los culpables de todos los males de “nuestra crisis”, la crisis que hemos creado nosotros mismos. España y Europa deberían buscar otra forma de gestionar la inmigración irregular, estos movimientos anárquicos y clandestinos, aunque solo fuera por su propio interés. Porque nunca podrán poner puertas al hambre y al éxodo de los que huyen de la miseria en busca de un horizonte de esperanza.

José Castro es periodista

Es necesarios estar conectado para escribir un comentario Conectar