El Rey en Pereiro de Aguiar

“Educar es preparar hoy a los hombres del mañana”, dice Ricardo Diez-Hochleitner y el aprendizaje “es un proceso por el que el hombre se preparan para hacer frente a nuevas situaciones”, sostiene James W. Botkin, que contrapone el “aprendizaje de mantenimiento o adaptativo” que enseña para enfrentarse a situaciones conocidas, al “aprendizaje innovador”, que transmite conocimientos y destrezas para vivir en un mundo cambiante.

Estas reflexiones de Diez-Hochleitner y Botkin están recogidas en “Aprender, horizonte sin límites”, un Informe al Club de Roma publicado en 1979 -hace treinta y cinco años-. Desde entonces hemos tenido siete leyes que no han conseguido que la educación en nuestro país camine en la dirección del aprendizaje innovador que prepara y capacita a los escolares para que puedan trabajar y realizarse en el mundo más complejo y competitivo de este siglo XXI.

Los Informes PISA, que periódicamente nos martirizan, constatan las deficiencias de los estudiantes no solo en matemáticas, comprensión lectora y ciencias, sino también en habilidades para resolver problemas cotidianos, lo que implica que nuestros escolares, pese a memorizar mucho, saben poco y no aciertan a aplicar los conocimientos que adquieren a las necesidades y contingencias que les plantea la vida diaria.

Deben ser los expertos en educación -y deberían ser escuchados por las los políticos- quienes digan si las causas de las deficiencias de nuestro sistema educativo están en los planes, programas o en la metodología de aprendizaje, en la administración o en la dotación de recursos humanos y materiales. El hecho cierto es que el modelo tiene fallos y carencias, el abandono escolar es de escándalo y los jóvenes tienen dificultades para la inserción laboral.

Lo dijo Felipe VI en la inauguración del curso en Pereiro de Aguiar dónde pidió un esfuerzo conjunto, realista, generoso y urgente para mejorar la calidad de la educación y formar ciudadanos abiertos que puedan desenvolverse en entornos cambiantes y exigentes.

Seguramente una política razonable en materia educativa no garantiza al partido político promotor la victoria en las elecciones. Pero el futuro del país depende de que esa política educativa, que debería ser de consenso, consiga lograr una enseñanza de calidad para que los escolares adquieran las competencias necesarias para sobrevivir con éxito en una sociedad en permanente cambio.

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