La fuerza de las imágenes

Quienes siguen la actualidad leyendo los periódicos o viendo los informativos de las televisiones constatan cada día que “una imagen vale más que mil palabras”. Las fotografías impresas en los diarios o los vídeos emitidos por las televisiones que llegan desde Siria, Libia, Gaza, Irak, Ucrania o las atrocidades del Estado Islámico tienen una fuerza expresiva singular, más potente que las mejores descripciones de los corresponsales destacados en los lugares de los hechos. ¿Quién no se conmueve con las imágenes que reflejan el castigo que están sufriendo miles de seres indefensos, víctimas del fuego cruzado activado por intereses bastardos? ¿A quién no le repugna la crueldad de los asesinos del Estado Islámico matando al periodista americano o masacrando a cristianos y yazidíes en Siria e Irak?.

Cualquier ser humano se desgarra viendo a una madre desconsolada junto al cuerpo de su hija víctima de un bombardeo; o con la imagen de los niños muertos o asustados, abrazados a sus madres en medio de los escombros; o con las cadenas humanas que forman mujeres, niños y ancianos, condenados a abandonar sus hogares con lo puesto para recalar hacinados en campos de refugiados.
Son los “efectos directos” sobre las personas de estos conflictos, que rebrotan en amplias regiones convertidas en tableros de ajedrez geopolítica dónde juegan su partida de intereses y estrategias Rusia, Estados Unidos, Europa o los suníes y chiíes, las dos ramas que derivan del viejo cisma musulmán.

Pero habrá también “efectos colaterales” para el occidente acomodado, que vuelve a exhibir una gran hipocresía en su forma de entender los conflictos, como en Ucrania y sobre todo en Oriente próximo, donde solo defiende sus intereses y se sienta sin escrúpulos en la mesa de otros regímenes corruptos. El caos de Libia e Irak y el mismo Estado Islamista son una consecuencia de las peculiares “misiones de paz” de las potencias occidentales que se afanaron en destruir los regímenes dictatoriales de Gadafi y Sadam Husein dejando tras de sí estados fallidos.

Estas y otras situaciones conflictivas -hasta 70 según la “International Crisis Group”- dejan la sensación de una enorme agitación mundial que, en su conjunto, amenaza con cambiar las reglas de juego del orden internacional. Sobre todo la peligrosa escalada de Ucrania, el fundamentalismo islámico y las convulsiones del África hambrienta que están ahí al lado y son una amenaza seria contra la seguridad del primer mundo.

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