Un tiempo nuevo

Hoy se abre un capítulo de la historia de España que los escolares del futuro estudiarán bajo el título «El reinado de Felipe VI». Accede al trono con plena normalidad institucional, pero le espera un tiempo complicado porque el país que «hereda», aunque es mejor que el que recibió su padre, tiene muchos frentes abiertos y está necesitado de reformas profundas que vienen determinadas por la crisis y la propia evolución de la sociedad española.

Empieza un tiempo nuevo con un proceso de sucesión democrático, que solo cuestionan las muestras de agitprop protagonizadas por unas minorías que tienen toda la legitimidad para pedir la tercera república, pero confunden o quieren confundir a la opinión pública cuando identifican república con democracia.

Que nadie se deje manipular: la monarquía parlamentaria instaurada con la vigente Constitución, que tiene su continuidad en Felipe VI, es respetuosa con las libertades y derechos fundamentales, es tan democrática como las otras monarquías europeas y es homologable a las repúblicas de cualquiera de los países de nuestro entorno. El largo reinado de Juan Carlos fue compatible con la democracia y tendrá continuidad con Felipe VI. Hay una corriente de opinión que genera unas expectativas -demasiadas- en torno a Felipe VI, lo que es preocupante. El nuevo Rey tiene ante sí el reto de impulsar la renovación de un régimen político que da señales de agotamiento, pero que nadie espere que sea las panacea capaz de solucionar todos los problemas que aquejan al país.

Pensar que va a acabar de un plumazo con la crisis política, económica y social y con la corrupción instalada en las entrañas del sistema; que va a resolver los problemas territoriales y la crisis que afecta a muchas instituciones del Estado, partidos políticos incluidos, por citar solo unos ejemplos, es colocarlo en el disparadero.

El Rey reina, pero no gobierna. Reinar, dice Francesc de Carreras, consiste en ejercer la función arbitral y moderadora que le otorga la Constitución desde su posición neutral, «no dependiente de elecciones ni de partidos». Fue lo que hizo su padre, el Rey Juan Carlos a lo largo de 39 años y no nos fue mal.

Lo demás, la solución a los problemas políticos, económicos y sociales tiene que venir de la mano de las instituciones, de los partidos que las dirigen y de los políticos elegidos por los ciudadanos que son los responsables de gobernar el país.