Reconocimiento necesario

En las dos semanas transcurridas desde la abdicación del rey fueron tantos y tales los análisis y comentarios sobre esa decisión y sus consecuencias que ya poco queda por decir. Pero en el modesto ámbito de esta columna aún caben un par de  reflexiones.
La primera es una reflexión de comprensión para la determinación del monarca, que, consciente de su salud quebradiza, decide dar paso a la nueva generación que encarna el príncipe, que llega con nuevos impulsos y reclama un papel protagonista para hacer frente a los nuevos desafíos del país.
En este sentido, la abdicación es acertada y valiente, “una retirada a tiempo” –lástima que no le imiten muchos políticos– que asume su realidad biológica. Desde esta perspectiva humana procede desearle toda la suerte del mundo en la nueva etapa de su vida y, sobre todo, desearle una recuperación satisfactoria, porque también para el rey la salud es lo más importante, más importante que el reinado.
La segunda reflexión se tiñe de nostalgia. “No hay nada como abdicar para que lluevan los piropos y se desborde el cariño”, reflexiona el rey en una viñeta de Peridis. Pero a partir del próximo jueves seguramente se haga realidad aquel viejo dicho “a rey muerto, rey puesto” y la figura y la obra del rey Juan Carlos se irá diluyendo en esa especie de penumbra que suele rodear los acontecimientos separados de nosotros por el tiempo, hasta que las nuevas generaciones la encuentren en los libros de historia.
Por eso, en la hora del adiós es necesario recordar el importantísimo papel que desempeñó en el servicio a España y a los españoles como baluarte en la consolidación de la democracia, en el sosiego de los partidos políticos y como impulsor en la sombra del desarrollo del país que bajo su reinado alcanzó cotas inimaginables hace cuarenta años. “Al hacer un balance histórico uno no puede más que afirmar que el rey Juan Carlos desempeñó con firmeza tres cuestiones relevantes: defendió la democracia, garantizó el consenso necesario y favoreció las particularidades históricas”, escribió el expresidente de la Xunta Fernando González Laxe, que también resalta el interés del monarca por las cuestiones gallegas.
Sin duda, estas fortalezas de su reinado compensan con creces ciertas veleidades y   errores cometidos por él en los últimos años. Porque, visto en conjunto y sabiendo de dónde partíamos en 1975, el balance de 39 años de reinado es altamente positivo. ¿Dónde hay que firmar otros tantos años de sosiego político y crecimiento económico?

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